‘Ética, principio de la profesión médica’. Este ha sido el título de la ponencia que ha impartido el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, en el Colegio Oficial de Médicos de Sevilla. Una disertación en la que ha abordado los valores que unen la fe cristiana con lo que ha denominado “el arte de curar”. Al comienzo de la ponencia ha propuesto a los asistentes “una genealogía”. Aludiendo a san Isidoro de Sevilla, el arzobispo ha afirmado que la Medicina abarca todas las causas, y que el médico ha de conocer otras ciencias para desarrollar la propia. Así, “la Medicina es secunda philosophia, una segunda filosofía”, ha afirmado.
En la primera parte de la ponencia, el arzobispo de Sevilla ha recordado que “el primero que puso por escrito la ternura de Cristo con los enfermos fue un médico, san Lucas, a quien san Pablo llama con inusual afecto el médico querido”. Este aprecio hacia la figura del médico se percibe también en la Escritura hebrea: “El Sirácida manda honrar al médico por sus servicios, porque también a él lo creó el Señor, y recuerda que el Altísimo hizo brotar de la tierra los remedios y que el hombre prudente no los desprecia; el mismo texto aconseja al enfermo que rece, se purifique y acuda al médico”.
Monseñor Saiz ha advertido que toda metáfora tiene su límite: “Si se absolutizara, la salvación se reduciría a una terapia y la Iglesia se convertiría en un dispositivo de bienestar emocional”, ha añadido. Haciendo un recorrido histórico, monseñor Saiz Meneses se ha detenido en el año 260, en plena peste devasta Alejandría. En ese momento, los cristianos organizaron la atención a los afectados, con consecuencias funestas para sus propias vidas. Misma situación más adelante en Galilea o Capadocia, hasta llegar a la Regla de san Benito, que priorizaba el cuidado de los enfermos.
Catalina de Ribera, Miguel Mañara…
En este repaso histórico, el arzobispo se ha detenido en la Sevilla del siglo XVI y en una figura, Catalina de Ribera, que fundó el Hospital de las Cinco Llagas. Su recuerdo se une al de Miguel Mañara o los fundadores del Pozo Santo, y fuera de nuestros límites se ha referido a la gran iniciativa de san Juan de Dios, que creó “el mayor sistema hospitalario del mundo hispánico”.
Este viaje por la historia ha precedido al análisis de la dignidad del enfermo y lo que el arzobispo ha calificado como “sus tres rostros”. La afirmación de partida es que “un enfermo, por muy debilitado que esté y por poco que su cuerpo pueda ya ofrecer, no ha perdido un gramo de dignidad”. Pero en este punto hay que saber cómo se fundamenta la dignidad. Ha habido varios posicionamientos en este tema -Kant y Spaemann, sobre todo-, hasta llegar al Concilio Vaticano II y al magisterio de san Juan Pablo II. Llegados a este punto, monseñor Saiz Meneses ha asegurado que “la Medicina occidental nace el día en que alguien se atrevió a sostener que un mendigo moribundo vale exactamente lo mismo que un emperador”.
Tres referentes para los profesionales médicos


El segundo referente expuesto por don José Ángel Saiz ha sido el venezolano José Gregorio Hernández, primer santo de ese país y conocido como “el médico de los pobres”. Médico de enorme prestigio, su consulta estuvo siempre abierta a cualquiera y de manera preferente a quienes no tenían con qué pagar. De su biografía ha destacado sus dos intentos vocacionales frustrados, como monje: “Entendió, al parecer sin amargura, que la celda reservada para él era precisamente aquella habitación con una camilla y un microscopio”. Partiendo de su ejemplo, ha analizado las “dos miradas” del médico, ambas compatibles: “la que objetiva un cuerpo para poder curarlo y la que reconoce en ese cuerpo a alguien que le interpela”. Una mirada que Leon XIV ha recuperado al reclamar una atención justa y accesible.
La tercera referencia médica ha sido el italiano Riccardo Pampuri, “el más callado, y puede que sea el que llega más adentro”. Superviviente de las trincheras de la I Guerra Mundial, ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, compatibilizando sus dos vocaciones, la médica y la espiritual. Tomó el nombre de fray Ricardo y “no colgó la bata: la llevó bajo el hábito”. Según monseñor Saiz Meneses, para fray Ricardo, “cada cama de hospital era un altar y cada cuerpo doliente una presencia disimulada de Aquel que dijo que estuvo enfermo y lo visitaron, y que cuanto se hace con uno de los más pequeños con él se hace”. En esta parte de su ponencia ha analizado el término consolación, cuyo significado es “estar con el otro en su soledad, de modo que esa soledad deje de ser soledad”. Dirigiéndose a la audiencia, el arzobispo ha aseverado que “conocen esta realidad de un modo extraordinario. Hay dolores que no se curan y noches -ha añadido- en las que la Medicina no tiene nada que ofrecer salvo una presencia junto a la cama”.
Deformaciones que amenazan al oficio médico


Finalmente, ha aludido a un título mariano que podría aplicarse a los médicos: Consolatrix afflictorum, Consoladora de los afligidos. Un título que nace del calvario y que, en alusión a Benedicto XIV, se refiere a la presencia que permanece cuando ya no queda nada que hacer y que, con su sola compañía, impide que el que sufre se quede solo. “Esa figura callada al pie de la cruz podría presidir el trabajo de ustedes”, ha concluido.



