miércoles, 23 septiembre 2026

Javier Garrido: «Es impresionante recibir el ministerio del diaconado, poder proclamar la Palabra de Dios, servir al altar y a los pobres»

Javier Garrido recibirá el próximo sábado la ordenación diaconal en una celebración presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, en la Catedral hispalense. En esta extensa entrevista recuerda cómo fue su llamada vocacional, destaca algunos aspectos de la formación recibida en el Seminario durante estos años y confiesa sus expectativas con respecto al diaconado. 

  • DOSSIER de Prensa | Ordenación diaconal 2026

Javier Garrido recibirá el próximo sábado la ordenación diaconal en una celebración presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, en la Catedral hispalense. En esta extensa entrevista recuerda cómo fue su llamada vocacional, destaca algunos aspectos de la formación recibida en el Seminario durante estos años y confiesa sus expectativas con respecto al diaconado. 

 ¿Cómo nació tu vocación? ¿Cómo lo recibió tu familia?

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Mi vocación nace de un deseo de conocer más a Jesucristo, transmitirlo y al ser testigo de cómo cambia la vida de quienes se acercan a Él, me surge querer ser más como Él para dejarme transformar por Él.

Desde pequeño, vinculado a mi Hermandad de los Negritos, fui profundizando en la vida activa, en el sentido de pertenencia y en la fraternidad que se vive en las hermandades, como esencia de su ser.

Años más tarde, mi hermano y yo queríamos confirmarnos y en ese deseo conocimos la nueva parroquia que se iba a construir en nuestro barrio, Olivar de Quintos. Allí, en San Juan Pablo II, recibimos la confirmación y nos encontramos con una comunidad que deseaba vivir la fe juntos, con un grupo joven naciente, con unos campamentos parroquiales dónde profundizamos en la oración, la fe y la vivencia cristiana. Fue aquí donde se forjo mi confirmación de querer ser cristiano. Ahí, sin esperarlo, surgió mi vocación dentro de una comunidad parroquial para servir a la Iglesia diocesana.

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Mi madre, como toda madre, lo sabía, y mi padre y mi hermano lo acogieron con sorpresa, pero siempre me han apoyado y acompañado hasta hoy.

¿A qué personas recuerdas como imprescindibles en tu camino de discernimiento vocacional? ¿Hubo resistencias por tu parte?

Javier Garrido: «Es impresionante recibir el ministerio del diaconado, poder proclamar la Palabra de Dios, servir al altar y a los pobres»Hay muchas personas “imprescindibles” en nuestro camino, puesto que yo pienso que la vocación es una llamada particular y concreta en mi persona pero fruto de la oración, de la comunidad creyente y de la vivencia comprometida de un pueblo, de una parroquia. Las vocaciones sacerdotales salen de comunidades vivas que dan fruto, no solo de la escucha y respuesta de un individuo. Es una respuesta de una comunidad, así lo he vivido yo en estos seis años de formación. Yo respondí a lo que el Señor puso como deseo en mi corazón y en mi mente, pero la Iglesia, en mi caso, tanto mi Parroquia de San Juan Pablo II, como mi Hermandad de los Negritos me han ido fortaleciendo con su acompañamiento y con su oración, sosteniéndome en todo momento.

Como dice nuestro arzobispo “cada sacerdote es un milagro” y es totalmente Cierto. Responder, caminar seis años y recibir la confirmación de la Iglesia es todo un proceso vital en la vida de cualquier joven, que no es posible si este no es sostenido por la oración y por la comunidad.

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¿Qué sentiste la primera vez que entraste en el Seminario ya como seminarista de Sevilla?

Es una vivencia nueva, casa nueva, compañeros de vida nuevos, un horario nuevo. La primera vez que ya dormí en el Seminario como seminarista de Sevilla recuerdo dos cosas muy simpáticas: siempre me perdía por la casa y todo me  sorprendía. Se vive como una gran familia.

¿Qué destacarías de tu formación en el Seminario?

Javier Garrido: «Es impresionante recibir el ministerio del diaconado, poder proclamar la Palabra de Dios, servir al altar y a los pobres»La formación es muy completa, desde la dimensión humana, espiritual, intelectual, comunitaria y pastoral. Son años donde te sientes barro en manos del alfarero. Año de conocerse, de aprender a discernir la voluntad de Dios y no tu querer, a morir a nuestras apetencias que muchas veces nos hacen esclavos por vivir en la libertad de Dios, dónde uno encuentra una felicidad diferente, que existe pero que hay que descubrir.

Es una suerte tener la Facultad de Teología de nuestra ciudad y aprender con buenos profesores. También es un regalo poder compartir la formación académica con laicos que te enseñan mucho y en las pastorales los fines de semana, donde junto con la comunidad parroquial y el párroco, uno descubre cómo ir creciendo en la caridad pastoral, el amor al pueblo santo de Dios y a cómo convivir con las dificultades del mundo.

¿Cómo te estás preparando para dar el paso al diaconado?

Me preparo principalmente creciendo en la confianza en Dios. Rezo mucho con la cita de “sé de quién me he fiado” descubriendo asombrado la obra que Dios hace en mí y me siento afortunado de ser espectador de la obra de Dios en la personas con que camino. Me siento pequeño aún siendo muy grande, pero sé que el Señor cuenta conmigo y yo con su gracia, vamos a seguir caminando en su nombre, enviados por el Maestro para cumplir su voluntad.

El diaconado no es la meta, pero sí una parada importante en tu formación como sacerdote de Cristo. ¿Qué supone para ti este momento?

Aun no siendo la meta, impresiona el paso. Como dice mi director espiritual, vivimos en el misterio pascual, la Pascua diaria, el paso del Señor por nuestras vidas.

Javier Garrido: «Es impresionante recibir el ministerio del diaconado, poder proclamar la Palabra de Dios, servir al altar y a los pobres»Estoy viviendo este momento con tranquilidad y serenidad o, al menos, lo intento. Pero es impresionante recibir el ministerio del diaconado, poder proclamar la Palabra de Dios, servir el altar y a los pobres; estar disponibles a las necesidades del lugar al que sirva durante todo este año; poder bautizar y dar a luz a la fe de la Iglesia a tantos niños y adultos; poder ser testigo del amor trinitario en el sacramento del matrimonio; despedir santamente a los difuntos, rezando por su salvación y anunciando la esperanza en el Reino de los Cielos, que tanta falta hace en este mundo desesperanzado en tanto momentos. Es una tarea ardua, pero me ilusiona, no por lo que haré, sino por lo que Dios hará por medio de mí para con su pueblo y para conmigo.

 ¿Qué consejo le darías a aquellos jóvenes que sienten la llamada de Dios, pero no se atreven a decirle que sí?

Les diría a todos los jóvenes de nuestra diócesis que nuestra vida tiene un valor incalculable que no depende de lo que los demás piensen, ni de lo que nosotros estimemos, sino que el valor de cada una de nuestras vidas lo estableció Cristo con vida, Pasión, Muerte y Resurrección.

La vida de cada uno vale la entrega de Cristo en la Cruz. Un valor infinito y somos depositarios de este don. El don de la vida que nos lo da Dios y precisamente porque no es dado por nosotros sabemos que tenemos una misión en la vida, que no estamos aquí de paso por nada, sino que hay algo que Dios quiere de ti: ser semejante a Él, ser eternamente feliz.

Esto lo seremos si descubrimos la misión que Él nos tiene preparada. Por ello, busca con deseo lo que Dios quiere de ti, te garantizo que te cambiará la vida y en el camino serás verdaderamente feliz, ya sea buscando la santificación de tu esposa o de tu marido, como sacerdote de Cristo, religiosa o monja contemplativa. ¡Es toda una aventura! Te animo a que le des una oportunidad. Pregúntate, camina con Cristo en su Iglesia y cuenta con mi oración.

 

 

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