miércoles, 9 septiembre 2026

Un estudio apunta que la inteligencia emocional del docente se corresponde con la implicación del alumnado

La Consejería de Universidad e Industria financia esta investigación de la Universidad de Málaga que analiza este factor desde la perspectiva de los estudiantes y no del profesorado

La Consejería de Universidad, Industria, Energía e Innovación respalda una investigación llevada a cabo por la Universidad de Málaga (UMA) que ha demostrado que una mayor inteligencia emocional del profesorado se correlaciona con niveles más altos de implicación del alumnado andaluz de Secundaria y Bachillerato. Estos resultados se obtienen de un estudio donde 518 estudiantes entre 12 y 18 años de cuatro centros escolares andaluces han valorado las habilidades de sus profesores, para luego contrastar esa información con el compromiso académico de la clase. Los resultados podrían aplicarse al diseño de programas de formación emocional para docentes, orientados a mejorar el clima del aula, reforzar el apoyo al alumnado y favorecer su entusiasmo e implicación con los estudios.

La principal novedad del trabajo es que no analiza la inteligencia emocional del profesorado desde la perspectiva del propio docente, sino desde los ojos del alumnado. Los investigadores estudian qué ocurre cuando estos perciben que sus profesores saben manejar mejor las emociones en clase, responder a sus necesidades y generar un clima más positivo.

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Los resultados muestran que el apoyo del docente en el aula se asocia con un mayor compromiso académico. Es decir, cuando el alumnado se siente acompañado por el profesorado, tiende a mostrarse más implicado, enérgico y conectado con las tareas escolares. «Los equipos docentes no solo transmiten contenidos, también son una referencia emocional dentro del aula. La forma en que gestionan las emociones, resuelven conflictos o sostienen al alumnado pueden influir en cómo los estudiantes se vinculan con sus estudios», explica a la Fundación Descubre el investigador Jorge Gómez Hombrados de la Universidad de Málaga.

En el estudio, titulado ‘Teachers emotionally intelligent behaviors and students academic engagement: the mediating role of teacher support’ y publicado en la revista ‘European Journal of Psychology of Education’, el equipo experto indica que un comportamiento emocionalmente inteligente en el profesorado implica saber reconocer qué ocurre en el aula, comprender cómo afecta al aprendizaje y responder de forma adecuada. Por ejemplo, detectar cuándo un alumno está frustrado, gestionar un conflicto sin aumentar la tensión o generar un clima en el que el alumnado se sienta escuchado y apoyado.

Docentes que acompañan

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Según explican los expertos, en la adolescencia, esta implicación puede verse afectada por muchos factores personales y escolares. Como la figura del profesorado ocupa un lugar relevante en la vida del alumnado, dado que está muy presente en su rutina, las conductas emocionalmente inteligentes del profesorado pueden favorecer la percepción de apoyo. Un docente que identifica mejor las emociones, que responde de forma empática o que maneja de manera constructiva las situaciones difíciles del aula es percibido por el alumnado como una figura más cercana, justa y disponible.

Para realizar el trabajo, los investigadores desarrollaron y repartieron un cuestionario entre el estudiantado de cuatro centros educativos. En ambas fases participó un alumnado con edades comprendidas de los 12 a los 18 años, de entre primero de la ESO y segundo de Bachillerato. Cinco meses después, el equipo volvió a recoger datos para comprobar si esas percepciones iniciales se relacionaban con su compromiso académico posterior.

Para ello, se les plantearon preguntas relacionadas con situaciones del aula, como si el profesor ayuda a otros a sentirse mejor cuando están desanimados, si pueden pedir ayuda cuando la necesitan o si ellos mismos son capaces de reconocer, utilizar y regular sus emociones. Cinco meses después, los investigadores midieron el compromiso académico de los estudiantes, es decir, su entusiasmo, dedicación e implicación con los estudios.

Después, aplicaron un modelo estadístico para comprobar si la inteligencia emocional percibida en el profesorado se relacionaba con un mayor compromiso académico y si esa relación podía explicarse, en parte, porque el alumnado se sentía más apoyado por sus docentes.

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Más implicados, enérgicos y conectados

Los resultados indican que los docentes que el alumnado percibe como más hábiles emocionalmente fomentan la implicación en el aula de dos maneras: directa, al contribuir a un clima emocional más positivo, e indirecta, al hacer que los estudiantes se sientan más apoyados.

El trabajo también observa que la propia inteligencia emocional del estudiantado se asocia con mayor compromiso académico. «Esto apunta a que tanto las competencias emocionales de los docentes como las de los alumnos pueden actuar como recursos relevantes para sostener el entusiasmo y la implicación escolar», añade Jorge Gómez Hombrados.

Este autor señala que la principal aplicación de la investigación sería reforzar la formación del profesorado en competencias emocionales. En la práctica, esto implica enseñar a los equipos docentes a detectar señales de frustración o tensión en el aula, responder de forma adecuada y generar un clima de clase más cercano, seguro y participativo. «Estos resultados pueden orientar programas de formación docente en inteligencia emocional, estrategias para mejorar la relación profesor-alumno, actividades de educación emocional para estudiantes e intervenciones en centros donde existan problemas de apatía o baja participación», apunta Jorge Gómez Hombrados.

El grupo plantea como futuras líneas de trabajo analizar si la inteligencia emocional de los docentes también favorece el desarrollo de esta misma habilidad en el alumnado, así como profundizar en cómo el clima escolar influye en comportamientos sociales positivos. Además, los investigadores trabajan en el desarrollo de propuestas formativas dirigidas al profesorado.

La investigación, que ha sido desarrollada por el grupo ‘Applied Positive Lab’ de la Universidad de Málaga, ha contado, además de con financiación de la Junta de Andalucía, con fondos propios de esta institución académica y fondos FEDER. Asimismo, ha recibido el apoyo del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

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