Jueves Santo, 2 de abril de 2026.
Tribuna publicada en el Diario de Sevilla.
El Jueves Santo es como el amanecer del Triduo Pascual, el momento en que el tiempo parece detenerse para dar paso a la institución de la Eucaristía, el Orden Sacerdotal, el mandamiento del amor fraterno y el gesto del lavatorio de los pies. La Iglesia vuelve a poner ante nuestros ojos el camino de Cristo hacia la Pasión, la Cruz y la Resurrección. Y en estos días sigue resonando con especial intensidad la llamada del papa León XIV a la paz mundial, especialmente en Oriente Medio. El Domingo de Ramos ha pedido deponer las armas, calificando la guerra como «vergüenza para la humanidad» y ha exhortado a los líderes al diálogo frente a los conflictos, a contemplar a Jesús, Rey de la paz, a vivir la bienaventuranza de la paz, a ser constructores de reconciliación y de paz.
Vivimos en una sociedad saturada de palabras e imágenes y, sin embargo, escasea cada vez más la actitud y la capacidad de verdadera escucha. Se habla mucho y se escucha poco; se opina con rapidez y se comprende con dificultad; se juzga con dureza y cuesta perdonar. También entre nosotros se extiende con facilidad un lenguaje hiriente: la descalificación, la sospecha sistemática, la burla, el insulto, la difusión irresponsable de acusaciones, la condena inapelable del ausente. El Santo Padre León nos proponía como ejercicio cuaresmal unos ámbitos concretos de mejora: la familia, el trabajo, las redes sociales, el debate político, los medios de comunicación y las comunidades cristianas.
La Semana Santa es un tiempo privilegiado para contemplar a Jesucristo, manso y humilde de corazón, injuriado, calumniado, interrogado con mala fe y, aun así, firme en la verdad y soberano en la caridad. Vivir la Semana Santa consiste sobre todo en disponernos interiormente para tener los mismos sentimientos de Cristo. Sería una contradicción besar al Señor de la Paz y seguir alimentando la discordia; acompañar a la Virgen dolorosa y convertir la palabra en arma arrojadiza contra el hermano. Nuestra vivencia de la fe suaviza el corazón, purifica la mirada y educa el habla. Sería igualmente contradictorio que expresáramos nobles propósitos con hermosas palabras, pero que nunca se llegaran a materializar en proyectos eficaces, y quedara al descubierto nuestra más absoluta incoherencia.
Vivimos en un mundo atravesado por guerras, terrorismo, polarización social, múltiples conflictos abiertos, y continuos despropósitos en las relaciones humanas. El último ha sido cuando se impidió al patriarca latino de Jerusalén, cardenal Pierbattista Pizzaballa entrar en la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, mientras se dirigía en forma privada a celebrar la Misa del Domingo de Ramos. No puede haber paz verdadera entre las personas y entre las naciones si se alimenta el odio en las conciencias, en las palabras y en los discursos públicos. La paz empieza a quebrarse cuando no se respeta la dignidad del otro. También aquí la ascesis cristiana sigue siendo plenamente actual: hacer sitio a la mansedumbre, a la verdad y a la misericordia; que reine la justicia en las relaciones entre las personas y los pueblos, respetando la dignidad humana, promoviendo la equidad, la igualdad de oportunidades, estableciendo marcos jurídicos justos, una justicia social y comunitaria que logre el beneficio de todos.
La relación justa entre personas y pueblos se fundamenta en la unidad y el respeto mutuo, buscando el beneficio de los más necesitados y la construcción de un orden internacional equitativo. Esta forma de actuar trasciende la mera ayuda material, para convertirse en un derecho humano que abarca la cooperación internacional, el desarrollo sostenible y la fortaleza para superar las crisis. Que el Señor nos ayude a desarmar las palabras y las acciones, pacificar el corazón y convertirnos en sembradores de esperanza. Sólo así podremos ser considerados dignos discípulos de Aquel que, desde la Cruz, reconcilió al mundo con Dios; solo así podremos considerarnos dignos hijos de María santísima, Reina de la Paz.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla



