Durante el verano, los seminaristas viven numerosas experiencias que complementan su formación académica durante el año. Algunos se han ido de misión a Perú; otros han colaborado con la Casa Sacerdotal Santa Clara, acompañando a los sacerdotes mayores; también los hay que han participado en campamentos parroquiales o en el campamento de Monaguillos que cada año organiza el Seminario Menor en Familia.
Javier Garrido, a las puertas de ordenarse diácono, y Adrián Carballo, seminarista de cuarto curso, por su parte, han tenido el privilegio de servir en el Santuario de Covadonga como voluntarios.
“Hemos estado muy a gusto colaborando en los distintos espacios junto con un grupo de voluntarios, y no nos ha faltado tiempo de oración ni de estar con el Señor, mientras intentábamos mantener el orden con los peregrinos”, explica Adrián. Para Javier este tiempo en “la Casa de la Madre”, como se refieren a ella los sacerdotes que sirven en el santuario, “ha sido un auténtico regalo”. “Regresamos con el alma fortalecida por los ratos acompañando al Santísimo y por los Rosarios rezados en la cueva con la Virgen”, añade el futuro diácono.
Ambos coinciden en que aquel no es un mero lugar de paso o de turismo, aunque sí han recibido a muchos turistas. El santuario es además lugar de peregrinación, de oración y silencio. “Hemos visto a muchas familias y también oraciones bañadas en lágrimas y de agradecimiento en la cueva frente a María”, señala Javier, quien también destaca el testimonio de Petros, un peregrino de Chipre que planeaba visitar varios lugares santos de España. “Había comenzado a hacer el camino de Santiago desde Francia, al llegar a Santiago, continúo peregrinado hasta Santo Toribio de Liébana, por el camino lebaniego y ahora acababa de llegar a Covadonga y tuvimos unas conversaciones muy interesantes”.
El día a día en Covadonga


Completando la formación del Seminario
Finalmente, ambos seminaristas agradecen al Seminario esta oportunidad que les ha permitido complementar su formación académica y “salir de una realidad cómoda a un mundo en el que suceden muchas cosas inesperadas”. En este contexto, argumenta Javier, “empiezas a descubrir que no es tanto el hacer, sino el ser; que no es tanto el conocimiento -que también-, sino la escucha, la presencia”.
En esta línea opina Adrián, que está convencido que conocer nuevos lugares y otras diócesis, les ayuda a reconocer la catolicidad de la Iglesia. Asimismo, “el contacto con las personas nos da experiencia para cuando la Iglesia nos envíe a apacentar una parcela del Pueblo de Dios”, ya como sacerdotes.



