La Parroquia de la Anunciación de Nuestra Señora y San Juan XXIII acogió el pasado domingo, 27 de septiembre, la Eucaristía con motivo de la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, organizada por la Delegación Diocesana de Migraciones. La celebración estuvo presidida por el sacerdote Salvador Diánez, vicario episcopal para la Pastoral Social y delegado diocesano de Migraciones, y contó con el acompañamiento musical del coro parroquial de Nuestra Señora del Carmen.
La Jornada, celebrada este año bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», ha puesto especialmente el foco en los niños, niñas y adolescentes migrantes y refugiados. En su mensaje para esta jornada, el papa León XIV recordó la especial vulnerabilidad de los menores que se ven obligados a abandonar sus hogares a causa de la guerra, la pobreza, la violencia o los desastres ambientales, e invitó a poner en el centro su protección, dignidad e integración.
El Reino de Dios no tiene fronteras
Durante su homilía, Diánez subrayó que las personas migrantes no solo son destinatarias de la acción pastoral de la Iglesia, sino también protagonistas y miembros activos de las comunidades cristianas. «Ellos son los que están revitalizando nuestras comunidades parroquiales, nuestros movimientos, nuestra Iglesia, que es la suya», afirmó, destacando su disponibilidad para poner su vida y sus capacidades al servicio de la comunidad.
El delegado de Migraciones insistió en que la dignidad de la persona no disminuye al cruzar una frontera y recordó la responsabilidad de la sociedad y de la Iglesia ante quienes viven situaciones de especial vulnerabilidad. En este sentido, denunció las situaciones de explotación y trata que afectan especialmente a menores migrantes y pidió superar las actitudes que terminan criminalizando la migración.
A la luz del Evangelio proclamado, animó a la comunidad cristiana a «levantarse de nuestro letargo» y a hacer visible, mediante las obras, que otro mundo es posible. «Fui migrante y me acogisteis», recordó, señalando que el bautismo compromete a los cristianos a reconocer a Cristo en quienes atraviesan situaciones de pobreza y necesidad.
Diánez invitó también a pasar de una fe expresada únicamente con los labios a una fe vivida en obras concretas de acogida, acompañamiento y promoción, respetando siempre el protagonismo de las propias personas migrantes en sus procesos. «El Reino de Dios no tiene fronteras y no cuestiona la dignidad de nadie», afirmó.
Una Iglesia que acoge y acompaña
Durante la misa, el vicario para la pastoral social subrayó la aportación de las personas migradas a la vida de la Iglesia y de la sociedad. En este sentido, agradeció su presencia y su testimonio, así como la valentía con la que afrontan los procesos migratorios: «Gracias por vuestra valentía, por vuestra vida entregada, por vuestra disponibilidad y por enseñarnos que la vida puede más».


La celebración concluyó con un círculo de silencio ante la sede parroquial, como gesto de sensibilización y denuncia ante las situaciones que viven muchas personas migrantes, especialmente los menores, y posteriormente con un ágape fraterno.
La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado se convirtió así en una invitación a renovar el compromiso de la comunidad cristiana para que «nadie pueda quedar en las cunetas de nuestra sociedad» y nadie se sienta excluido de la Iglesia de Jesucristo, haciendo visible una Iglesia que acoge, acompaña y reconoce en cada persona el rostro de Cristo.
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