En pleno corazón de Dos Hermanas se encuentra la Parroquia del Ave María y San Luis. El entorno que la rodea, cercano al barrio de Los Montecillos, es reflejo de una realidad compleja. Se trata de un barrio humilde, con tradiciones religiosas y una intensa vida vecinal, pero también marcado por dificultades económicas y sociales. “Es un barrio con muchas necesidades estructurales, pero del que se habla poco”, resume el párroco, Francisco José López.
En medio de esta realidad, Cáritas se ha convertido en una pieza esencial. Su labor no solo se traduce en ayudas materiales, sino en acompañamiento, escucha y cercanía. Esta labor diaria es posible gracias a personas como María, Estrella, Ani y María Dolores, voluntarias que sostienen con entrega y esperanza una red de apoyo imprescindible.
Una realidad social compleja y persistente
La experiencia diaria del equipo de Cáritas refleja un panorama marcado por la desigualdad educativa, la precariedad laboral y la cronificación de determinadas situaciones de exclusión. Uno de los rasgos más llamativos es la presencia de personas adultas con graves carencias formativas. “Nos encontramos con personas que no saben leer ni escribir o que no han completado la educación básica”, explican las voluntarias.
Esta falta de formación limita seriamente las posibilidades de acceso al empleo y condiciona los itinerarios vitales. En algunas zonas del barrio, especialmente en áreas de vivienda social construidas en las décadas de los setenta, estas dificultades se han visto reforzadas por dinámicas comunitarias cerradas, donde el abandono temprano del sistema educativo se ha normalizado durante generaciones.
A ello se suma la dependencia de ayudas públicas como principal fuente de ingresos en algunos hogares. Desde Cáritas reconocen la importancia de estos recursos para garantizar mínimos de subsistencia, pero también señalan los riesgos que aparecen cuando no van acompañados de procesos de formación, inserción laboral o promoción personal. “El problema no es la ayuda en sí, sino cuando se convierte en una situación permanente que bloquea cualquier expectativa de cambio”, señalan.
El equipo insiste en que no se trata de emitir juicios, sino de constatar una realidad compleja, atravesada por factores culturales, económicos y sociales que no se resuelven con respuestas simples.
Perfiles distintos con necesidades distintas
En los últimos años, el perfil de las personas atendidas ha experimentado una transformación significativa. Si en etapas anteriores predominaban vecinos del propio barrio, hoy una parte importante de las atenciones corresponde a personas migrantes, muchas de ellas con formación académica o experiencia profesional en sus países de origen.
“Nos llegan personas que no vienen a pedir una ayuda económica, sino orientación”, explican. Consultas sobre trámites administrativos, escolarización de menores, acceso a recursos públicos o regularización de la situación legal son cada vez más habituales. Este cambio refleja también la evolución del propio modelo de Cáritas, que ha ido dejando atrás un enfoque puramente asistencial para centrarse en el acompañamiento integral.
En este nuevo contexto, la acogida se convierte en un espacio clave. Escuchar, orientar y derivar a otros recursos forma parte de una tarea que requiere tiempo y dedicación. Porque “no se trata solo de dar algo material, sino de sentarse, escuchar, orientar y caminar con la persona”, apuntan las voluntarias.
Este acompañamiento no se limita únicamente al espacio de atención en la sede de Cáritas, sino que a la vida cotidiana de las personas. Cuando alguien necesita acudir al médico, realizar una compra y no dispone de transporte, o asistir a una cita relacionada con gestiones legales, las voluntarias están presentes para acompañarles también en esos momentos, facilitando su acceso y evitando situaciones de aislamiento. El trabajo se orienta, además, a reforzar la responsabilidad personal, ofreciendo apoyo, pero también marcando itinerarios que favorezcan la autonomía.
Semper In Amicitia: educar, acompañar y crecer juntos


Nacido en 2008 por un grupo de amigos, con el apoyo del entonces director de la Cáritas parroquial, Curro, el proyecto comenzó como unas sencillas colonias de verano dirigidas a niños de entre 5 y 12 años de familias atendidas por la Cáritas parroquial. Lo que empezó con apenas cinco o seis participantes, que se desplazaban en autobús de línea, se ha transformado hoy en una experiencia consolidada que reúne a unos 40 niños, contando incluso con “transporte propio”.
Las colonias se desarrollan en la casa de la Hermandad del Rocío de Dos Hermanas, quien cede sus instalaciones, mientras que la Hermandad del Prendimiento asume la logística, el equipamiento y el equipo de voluntariado. Con el tiempo, el proyecto se ha ampliado para acoger también a niños de familias atendidas por otras Cáritas parroquiales de la localidad.
Pero su esencia va más allá del verano. Durante el año, los niños participan en actividades culturales, deportivas y convivencias que refuerzan los vínculos creados. Como explica Ani, el objetivo no es solo cubrir necesidades materiales, sino ofrecer estabilidad, referentes y valores a menores que, en muchos casos, no los encuentran en su entorno familiar.
La mayor satisfacción llega con el paso del tiempo: ver cómo algunos de aquellos niños regresan como voluntarios o crecen con vidas más estructuradas.
Retos de presente y futuro
De cara al futuro, uno de los grandes retos -según las voluntarias- será continuar apoyando a las familias migrantes en sus procesos de regularización, favoreciendo que puedan alcanzar una mayor estabilidad y desarrollar un proyecto de vida pleno dentro de la sociedad. Al mismo tiempo, el equipo se propone seguir impulsando oportunidades para aquellas familias que viven en situaciones de vulnerabilidad prolongada, mediante itinerarios formativos y de promoción personal que abran nuevas posibilidades y refuercen su autonomía a largo plazo. “No siempre vemos resultados inmediatos, pero sabemos que el trabajo merece la pena»”, reconocen desde el equipo.
En un entorno donde muchas realidades permanecen invisibles, la labor constante y discreta de esta Cáritas pone rostro a un barrio diverso y complejo. Más allá de los datos, cada historia refleja un proceso único que solo se comprende cuando hay tiempo para detenerse, escuchar y acompañar desde la cercanía.
Lola Seiva
Dpto. Comunicación de Cáritas Diocesana



