Llegados casi al final del curso pastoral, es tiempo de balance. Y una de las realidades que jalonan el calendario diocesano son las visitas pastorales, una responsabilidad que recae en los obispos auxiliares. Monseñor Teodoro León ofrece una valoración del recorrido que ha hecho este curso por numerosas parroquias de la Archidiócesis. Una ocasión para el encuentro, la evangelización y un mayor conocimiento de la diversidad y riqueza de carismas que ofrece la Iglesia diocesana.
- Si tuviera que hacer un primer balance, ¿con qué sensación se queda?
La primera sensación, como no puede ser de otra manera, es de agradecimiento a Dios, que me ha permitido comenzar esta visita pastoral y terminarla. Gratitud también a los sacerdotes por su acogida y escucha; así como destacar el trabajo de preparación de mi secretario particular, porque detrás de cada visita pastoral hay muchas horas de organización.
Asimismo, gratitud a los fieles por su participación en las celebraciones, en la escucha y en las reuniones mantenidas. Hemos compartido alegrías, cansancios, enfermedades y fallecimientos. Pero, por encima de todo, nos hemos sentido familia, y creo que eso es lo más importante.
- ¿Qué Iglesia se ha encontrado al recorrer tantos pueblos, tantos barrios de la diócesis?
Lo primero que destacaría es la diversidad. No es lo mismo la realidad de las parroquias de pueblos que la de las parroquias de la ciudad. Hay mucha diversidad. Sin embargo, entre tanta diversidad hay un punto común: Se reúnen para celebrar la Eucaristía y hacen presente en todos los altares a Cristo vivo, a Cristo resucitado. Y eso es lo que las une, porque hacen presente a la Iglesia de Cristo.
- ¿Percibe una implicación creciente de los laicos en la vida parroquial?
Sí, por supuesto. Mayoritariamente, se está dando una gran participación de los laicos. Es verdad, como he dicho antes, que depende de la diversidad de cada comunidad parroquial; pero hay laicos muy implicados, que además se sienten identificados en la labor de la Iglesia en virtud de su propio bautismo.
- ¿Cuáles son hoy los principales desafíos que afrontan las parroquias?
Destacaría, en primer lugar, la continuidad en la transmisión de la fe, especialmente en las nuevas generaciones. Hoy la fe ya no se transmite como antes, de padres a hijos. También están presente el desafío de la secularización, el individualismo, el relativismo moral. Y otro desafío que yo lo considero muy importante en el momento actual: la integración de los procedimientos establecidos por el magisterio de la Iglesia a tantas situaciones irregulares que se dan en la Iglesia.
- Se ha encontrado también con comunidades vivas y con esperanza, ¿verdad?
Sí, sin duda alguna. Hay comunidades muy vivas, incluso algunas tienen menos fieles por las circunstancias en algunos pueblos, pero siguen siendo vivas. A veces, en estas comunidades, mirando el número de fieles que participan en la celebración de la Eucaristía, aunque es minoritario son auténticos, y son cristianos que oran, que se forman, atienden a los pobres, viven en comunión y muestran una cercanía y sensibilidad ante las nuevas realidades y pobrezas que se dan en la iglesia.
- ¿Qué experiencia le ha interpelado especialmente durante sus visitas pastorales?


- ¿Qué le piden tanto sacerdotes como fieles?
Los sacerdotes nos piden la cercanía, la acogida, la escucha, sentir que está cerca el obispo. Es como una necesidad, algo muy connatural. Nosotros, los obispos y los sacerdotes, tenemos que estar unidos. Los fieles también valoran mucho la presencia del obispo. Para ellos es lo más grande, porque es la presencia de la Iglesia y se sienten escuchados, a veces incluso confirmados por aquello que realizan en la parroquia.
- ¿Qué necesita hoy una comunidad parroquial para seguir siendo un verdadero lugar de evangelización, lugar de acogida y misión?
Poner a Cristo en el centro. No decir ‘Yo soy de Pedro’, ‘Soy de Pablo’, sino soy de Cristo. Y con Cristo en el centro. Puede haber una gran organización y estructuras humanas, pero el que nos convoca es Cristo, el resucitado. El que está vivo en medio de nosotros. Para eso es necesario vivir una auténtica espiritualidad comprometedora, donde la celebración de la Eucaristía, la oración, la formación no se queda para nosotros mismos, sino para salir fuera de esa comunidad y atraer también a aquellos que no la conocen. ¿Por qué? Porque queremos que conozcan lo más grande que he conocido, que es a Cristo vivo en mi vida.
- ¿Con qué esperanza afronta el próximo curso?
Mi esperanza es Cristo vivo, resucitado; como he dicho. Sin sentir esa vivencia interior, personalmente yo no sería nada y tampoco creo que pudiera hacer nada, porque por mis propias fuerzas humanas, sin contar con su gracia, no sería nada. Por lo tanto, para mí siempre es fortalecer esa vida espiritual, no caer en un activismo, sino llegar hasta donde se pueda y cuidar muchísimo la vida interior.



