sábado, 13 junio 2026

Homilía de Mons. José Ángel Saiz Meneses. Ordenaciones sacerdotales Sábado 13 de Junio de 2026

Homilía de Mons. José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla,  

Homilía de Mons. José Ángel Saiz Meneses, Arzobispo de Sevilla,  

en la ordenación presbiteral de Pablo Bernal, Pablo Noguera, Cristian Rodríguez, José Manuel Ruiz y José Alberto Torres.

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Santa Iglesia Catedral de Sevilla, 13 de junio de 2026.

  1. Hoy es un día grande para la Iglesia que peregrina en Sevilla. Es un día de acción de gracias, y de profunda esperanza. El Señor nos concede el don de cinco nuevos presbíteros. Hoy resuena en esta Catedral una palabra que atraviesa los siglos y llega hasta vosotros con una fuerza totalmente personal: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré» (Jr 1, 5). Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Hermanos en el episcopado, Consejo Episcopal, Cabildo de la Catedral, Rectores y formadores de nuestros Seminarios, presbíteros, diáconos, seminaristas; Franciscanos de Cruz Blanca y miembros de la vida consagrada, miembros del laicado, hermanos todos en el Señor. Queridos Pablo Bernal, Pablo Noguera, Cristian, José Manuel y José Alberto, que recibiréis la ordenación presbiteral. Saludo a vuestras familias, que os acompañan en un día tan señalado, las aquí presentes y las que siguen la celebración a través de los medios de comunicación.
  1. La primera lectura, tomada del profeta Jeremías, nos sitúa en el centro mismo del misterio de la vocación. No es el hombre quien toma la iniciativa. No somos nosotros quienes nos conferimos esta misión. No se trata de un proyecto profesional, ni una promoción humana, ni una elección nacida de la inclinación religiosa. El sacerdocio nace en el corazón de Dios. Es Dios quien llama, es Él quien consagra y envía. San Juan Pablo II, al comienzo de la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, recoge precisamente esa promesa bíblica: «Os daré pastores según mi corazón» (n. 1). La Iglesia vive de esa promesa, y hoy la vemos cumplirse de nuevo ante nuestros ojos.
  1. El profeta Jeremías no responde con suficiencia. Responde con temor: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jr 1, 6). Esa palabra es también profundamente sacerdotal. El que ha comprendido algo del sacerdocio no puede acercarse con ligereza, ni autosuficiencia, ni vanidad. Solo puede hacerlo con humildad, con santo temblor y con confianza. El Señor no llama a los más capaces y seguros de sí mismos, sino a quienes están dispuestos a dejarse sostener por Él. Por eso le responde: «No digas: “Soy un muchacho”… adonde yo te envíe irás… no les tengas miedo… yo estoy contigo» (cf. Jr 1, 7-8). La vida sacerdotal no se fundamenta en nuestra fuerza o en nuestras cualidades, sino en la fidelidad del Señor.
  1. Queridos ordenandos, grabad en el alma desde hoy y para siempre que el sacerdote no se pertenece. Ha sido alcanzado por Cristo, configurado con Él y enviado por la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseña que los presbíteros, por la sagrada ordenación y la misión recibida de los obispos, «son promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey» y participan de su ministerio para la edificación del Pueblo de Dios (Presbyterorum ordinis, 1). No seréis ordenados para vosotros mismos, sino para Cristo y para los hermanos. No seréis ordenados para llevar una vida cómoda, sino para gastaros y desgastaros. No seréis ordenados para ocupar puestos más o menos relevantes en apariencia, sino para vivir una entrega total allá donde seáis enviados. Cristo llenará vuestro corazón. Él dará plenitud a vuestra vida y os llenará de la verdadera alegría.
  1. El salmo responsorial ha puesto en nuestros labios la respuesta más justa: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación». Ésta es la verdad más profunda del sacerdote: un hombre agradecido. Un sacerdote triste suele ser, en el fondo, un sacerdote que ha olvidado el don recibido. Un sacerdote agradecido, en cambio, aunque experimente la fatiga, la soledad y la cruz, permanece interiormente firme, porque sabe de quién se ha fiado. Hoy vuestra primera actitud ha de ser ésta: dar gracias. Gracias al Señor, que os llamó; gracias a la Iglesia, que os ha acompañado; gracias a vuestras familias, formadores, comunidades y amigos, que han sido instrumentos de la gracia en vuestro camino.
  1. La segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, pone delante de nosotros el estilo del ministerio. No basta con ser sacerdote; hay que vivir sacerdotalmente. San Pedro exhorta a los presbíteros a apacentar la grey de Dios «no a la fuerza, sino de buena gana; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño» (1 Pe 5, 2-3). Aquí aparece un retrato luminoso del sacerdote según el corazón de Cristo: pastor, no funcionario; servidor, no dueño; testigo, no protagonista.
  1. Esta palabra apostólica tiene hoy una actualidad inmensa. La Iglesia no necesita sacerdotes instalados o mundanizados. Necesita sacerdotes que hagan de su existencia una ofrenda agradable al Padre, un don total de sí mismos a Dios y a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10, 45). Los sacerdotes viven en medio de la sociedad haciendo del servicio a Dios y a los demás el eje central de su existencia, viven la actitud de servicio aceptando la voluntad de Dios, ofreciendo su vida en totalidad, gastándose y desgastándose por los hermanos, especialmente por los más pobres y pequeños.
  1. El Evangelio corona la liturgia de la Palabra con una imagen conmovedora de Jesús: «Recorría todas las ciudades y aldeas… viendo a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 35-36). Aquí está la fuente del sacerdocio ministerial: la compasión del Corazón de Cristo. El sacerdote nace del amor compasivo de Jesús hacia su pueblo. No nace de una estrategia organizativa ni de una necesidad meramente funcional. Nace del amor del Buen Pastor, que no quiere dejar a su pueblo sin guía, sin alimento, sin perdón, sin verdad y sin Eucaristía.
  1. Por eso, queridos hijos, vuestro sacerdocio deberá tener siempre este mismo latido: mirar al pueblo con los ojos de Cristo. Mirar a los pobres con los ojos de Cristo. Mirar a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes, a las familias heridas, a los alejados, a los inmigrantes, a quienes llaman a la puerta de la Iglesia, con los ojos de Cristo. Si un día perdierais la compasión pastoral, comenzaríais a vaciar por dentro vuestro ministerio. El sacerdote no puede permitir que se endurezca su corazón. Debe tener entrañas de padre, paciencia de pastor y disponibilidad de siervo.
  1. El pasado jueves, en la Catedral de Santa Ana, de Las Palmas de Gran Canaria, dirigiéndose a obispos, sacerdotes, diáconos, y miembros de la vida consagrada, el Santo Padre León recomendó como “pauta de navegación” abrazar la cruz de Cristo acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida; también cultivar una espiritualidad eucarística, «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor», que se manifiesta en la solidaridad cristiana, porque la unión con Cristo y con los hermanos es inseparable, y se manifiesta en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles.
  1. Queridos Pablo, Cristian, Pablo, José Manuel y José Alberto: a partir de hoy seréis hombres de la Palabra, del altar y del perdón sacramental. Predicad con fidelidad, celebrad con unción, confesad con misericordia. No rebajéis nunca el Evangelio, no os canséis nunca de administrar la gracia de Dios. Sed sacerdotes enamorados de la Eucaristía, que ha de ser el centro de vuestra jornada, la fuente de vuestra caridad pastoral y la escuela cotidiana de vuestra entrega. Sed sacerdotes de oración, de comunión, profundamente unidos a vuestro obispo, al presbiterio diocesano y a la Iglesia entera. Ahí está vuestra fecundidad.
  1. Sed cercanos al pueblo santo de Dios. Id al encuentro, escuchad, acompañad, consolad. Corregid cuando sea necesario, pero hacedlo con caridad y con verdad. Que la gente perciba en vosotros no una autoridad fría, sino una paternidad espiritual limpia, serena y fuerte. Y cuando lleguen las pruebas —porque llegarán— no olvidéis que el Señor toca también hoy vuestros labios, como tocó los de Jeremías. Él pondrá en vuestra boca su palabra, sostendrá vuestra pobreza, suplirá vuestra insuficiencia, os llenará de fuerza y esperanza.
  1. Pidamos a la Santísima Virgen María, Virgen de los Reyes, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, que os cubra con su manto. Que ella os enseñe la obediencia de la fe, la humildad del servicio y la perseverancia junto a la cruz. Y que san Leandro, san Isidoro, san Juan de Ávila y tantos santos pastores intercedan por vosotros. Queridos hijos: hoy la Iglesia de Sevilla os recibe con alegría. Cristo os llama amigos y os constituye pastores. Sed santos. Sed fieles. Sed sacerdotes según el corazón de Cristo. Así sea.

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