lunes, 1 junio 2026

La renovación carismática católica: una gracia para nuestro tiempo, por monseñor Teodoro León

Las palabras que el Santo Padre León XIV dirigió el pasado 30 de mayo a la Renovación Carismática Católica han sido mucho más que un saludo o un reconocimiento. Han sido una invitación a contemplar, una vez más, la obra silenciosa y fecunda que el Espíritu Santo continúa realizando en la Iglesia.

Las palabras que el Santo Padre León XIV dirigió el pasado 30 de mayo a la Renovación Carismática Católica han sido mucho más que un saludo o un reconocimiento. Han sido una invitación a contemplar, una vez más, la obra silenciosa y fecunda que el Espíritu Santo continúa realizando en la Iglesia.

En una sociedad que parece haber aprendido a vivir deprisa, donde tantas veces el ruido termina ahogando las preguntas más profundas del corazón, resulta providencial recordar que Dios sigue saliendo al encuentro de cada persona. Sigue llamando, sanando y derramando su Espíritu sobre su pueblo.

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Por eso el Papa ha querido recordar que la Renovación Carismática Católica constituye una verdadera «corriente de gracia» para toda la Iglesia. No para unos pocos. No para un grupo concreto, sino para toda la Iglesia. Porque el Espíritu Santo nunca actúa para sí mismo. Todo cuanto suscita tiene como finalidad conducir a todas las personas hacia Jesucristo y fortalecer la comunión del Pueblo de Dios.

Las palabras de León XIV llegan además en un momento especialmente significativo. Vivimos tiempos en los que muchos han oído hablar de Dios, pero no pocos tienen dificultades para reconocer su presencia en la propia vida. Son numerosos quienes conservan recuerdos de la fe, pero anhelan volver a experimentar su belleza. Precisamente por eso resuenan con tanta fuerza las palabras que el Santo Padre tomó de san Pablo VI: «Nada es más necesario para un mundo cada vez más secularizado que el testimonio de esta renovación espiritual que el Espíritu Santo suscita en los individuos y en las comunidades».

Quizá uno de los mayores dones que la Renovación Carismática Católica ofrece hoy sea precisamente éste: ayudar a redescubrir que la fe es, ante todo, un encuentro. El encuentro con Jesucristo vivo.

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Son innumerables las personas que, a través de esta corriente de gracia, han vuelto a encontrar el gusto por la oración, el amor a la Palabra de Dios, la alegría de la vida sacramental y la certeza de saberse profundamente amadas por el Señor. Allí donde el Espíritu encuentra corazones disponibles, la fe deja de ser una costumbre heredada para convertirse en una experiencia viva.

Y cuando Cristo ocupa verdaderamente el centro, algo cambia. La oración deja de ser una obligación para convertirse en necesidad. La Palabra deja de ser un texto para convertirse en alimento. La Iglesia deja de percibirse como una institución lejana para ser reconocida como una familia. Los hermanos dejan de ser simples compañeros de camino para convertirse en un regalo. La esperanza vuelve a abrirse paso incluso en medio de las heridas y de las pruebas.

Por eso León XIV destacó algunos rasgos propios de esta experiencia espiritual: «el bautismo en el Espíritu; la oración de alabanza; la palabra de Dios; la comunión; y la caridad». No se trata de elementos aislados, sino de dimensiones profundamente evangélicas que ayudan a muchos fieles a abrirse con mayor docilidad a la acción de Dios.

Las palabras del Santo Padre han insistido también en la dimensión misionera de esta corriente de gracia. Porque todo don recibido está llamado a convertirse en don entregado. Quien ha descubierto la bondad de Dios no puede guardarla para sí mismo. Quien ha probado el agua viva del Evangelio siente el deseo de acercarla a otros corazones sedientos.

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El mundo sigue teniendo sed. Sed de esperanza. Sed de misericordia. Sed de una alegría que no dependa de las circunstancias. Sed de Dios, aunque muchas veces no sepa nombrarlo.

Por eso la Iglesia necesita hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo. No simplemente creyentes que conservan una tradición, sino discípulos que viven de un encuentro. Hombres y mujeres cuya vida proclame silenciosamente que Cristo está vivo. Cristianos capaces de llevar luz donde hay oscuridad, comunión donde hay división y esperanza donde parece haberse apagado toda esperanza.

La Renovación Carismática Católica recuerda precisamente esa verdad sencilla y luminosa: que Pentecostés no pertenece al pasado. El Espíritu sigue descendiendo sobre la Iglesia. Sigue despertando vocaciones. Sigue restaurando familias. Sigue levantando a los caídos. Sigue devolviendo la alegría a quienes la habían perdido. Sigue haciendo de hombres y mujeres corrientes testigos extraordinarios del amor de Dios.

+ Teodoro León Muñoz

Obispo Auxiliar de Sevilla

 

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