La Resurrección de Cristo no solo inaugura una vida nueva, también trae consigo una paz distinta. No es la paz que nace de que todo esté en orden, ni la que depende de que las circunstancias acompañen. Es una paz que entra incluso cuando todo sigue cerrado, cuando el miedo permanece, cuando el corazón aún no ha terminado de comprender.
El Evangelio nos muestra a los discípulos reunidos con las puertas cerradas. No han salido corriendo a anunciar nada, no están llenos de valentía, no han entendido todavía lo que ha sucedido. Siguen teniendo miedo. Y es ahí, precisamente ahí, donde el Resucitado se hace presente. No espera a que estén preparados. No les exige una fe perfecta. No les pide que abran primero para poder entrar. Él entra en medio de lo cerrado.
Y lo primero que dice no es un reproche, ni una explicación, ni una enseñanza. Dice: “Paz a vosotros” (Jn 20,19). La paz del Resucitado no viene después de que todo esté resuelto. Viene antes. Se ofrece en medio de la confusión, en medio del miedo, en medio de la fragilidad. La paz es la gracia de Dios que nos permite empezar de nuevo.
Por eso, esta paz no es superficial. No se queda en la superficie de las emociones. Desciende más hondo, hasta ese lugar donde muchas veces ni siquiera sabemos poner palabras. Es una paz que no siempre se siente, pero que sostiene. Que no siempre se percibe, pero que permanece. Porque no es algo que generamos nosotros. Es alguien que habita en lo más profundo de nuestro ser.
Cristo no elimina las puertas cerradas de golpe. No borra de un momento a otro todo aquello que nos cuesta abrir. Pero entra ahí. Se sitúa dentro. Y desde dentro, comienza a transformar.
Cuántas veces también nosotros vivimos así: con puertas cerradas. Cerramos por miedo, por heridas, por cansancio, por no saber cómo afrontar lo que llevamos dentro. Y a veces pensamos que Dios espera fuera, a que estemos mejor, a que lo tengamos todo claro, a que seamos capaces de abrir. Pero no, el Resucitado no se queda fuera de nuestras resistencias. Entra en ellas. Y dentro, pronuncia su paz.
No una paz que obliga, sino una paz que se ofrece. No una paz que anula lo que somos, sino una paz que lo abraza y lo recrea. Poco a poco, sin violencia, sin imponer, va ensanchando el corazón, va abriendo espacios que estaban cerrados desde hace tiempo.
Esta es la experiencia pascual que continúa: dejar que su presencia llegue también a esos lugares que no solemos mostrar, que no sabemos cómo entregar, que incluso nosotros mismos evitamos mirar. Porque ahí también quiere vivir.
Y cuando su paz encuentra un hueco, aunque sea pequeño, empieza a cambiar la forma de estar, de mirar, de responder. No porque todo esté solucionado, sino porque ya no estamos solos dentro de lo que nos pasa. La paz del Resucitado no consiste en que desaparezcan los conflictos, sino en que Él está en medio de ellos.
Quizá hoy no se trata de abrirlo todo de golpe. Quizá hoy basta con no impedirle entrar. Con dejar que su presencia alcance, aunque sea un poco, ese lugar cerrado que llevas dentro. Porque Él no tiene miedo de lo que encuentra y su paz no depende de lo que haya. Depende de que Él está. Y eso… lo cambia todo. Déjale entrar. Sin forzar. Y verás cómo, desde dentro, todo empieza a abrirse… y entonces, sin que nadie lo note, la casa vuelve a llenarse de su luz y se reconoce.
+ Teodoro León Muñoz
Obispo Auxiliar de Sevilla
La vida al ritmo del Espíritu del Resucitado
Ha resucitado… y su vida comienza en nosotros



