El Sábado de Pasión de 1976 (10 de abril), el cardenal Bueno Monreal bendijo la Capilla Virgen de la Estrella, sede actual de la trianera Hermandad de la Estrella. Han transcurrido cincuenta años de este acontecimiento que supuso para la corporación del Domingo de Ramos una oportunidad de crecimiento y cohesión entre sus hermanos.
Por este motivo, la Capilla situada en la calle San Jacinto, muy cerca de la parroquia homónima, sede de la hermandad durante siglos, ha acogido la celebración de una Eucaristía de Acción de Gracias, presidida por el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y concelebrada por el párroco de San Jacinto y director espiritual de la corporación, fray Francisco Javier Rodríguez, OP, y el capellán de la hermandad, fray Engelbert Désiré Mbarga, OM.
Celebrar el 50º aniversario «llamados a renacer de lo alto»
«Cincuenta años de oración, de celebración de la fe, de vida sacramental, de caridad, de formación cristiana y de amor a Jesucristo y a su Santísima Madre», ha comenzado su homilía monseñor Saiz Meneses, recordando a todos aquellos que «han aprendido a mirar al Señor, a invocar a María Santísima y a caminar en comunión eclesial» en dicha capilla.
El arzobispo ha instado a los presentes, al hilo de las lecturas proclamadas correspondientes al martes de la II semana de Pascua, que apelan fraternidad y unidad «que brota de la confesión valiente de Cristo resucitado», a celebrar este aniversario no sólo con mirada agradecida al pasado, sino con «la renovación espiritual de quienes la frecuentan». «Esta capilla cumple su misión cuando aquí se ora con fe, se celebra con
dignidad, se escucha la Palabra con docilidad, se adora al Señor con amor y se sale después a vivir en coherencia lo que aquí se ha celebrado», ha remarcado.


El arzobispo finalizó su homilía pidiendo por que la Capilla Virgen de la Estrella «siga siendo durante muchos años casa de oración, taller de comunión, escuela de santidad y faro de vida cristiana en Triana y en Sevilla». Asimismo, rogó por que sea lugar de encuentro de una comunidad unida, con una fe viva, bajo el resplandor de Cristo resucitado.
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