Cuenta Juan en su Evangelio que, en una boda, durante la fiesta, cuando todo parecía estar en orden, algo importante comenzó a faltar. El vino se había acabado y María, atenta, se da cuenta: “No tienen vino”. No dramatiza ni llama la atención. Ve la carencia, la nombra y acude al Hijo.
María conoce bien lo que sucede en el mundo, a su alrededor. Conoce las dificultades y el dolor de quienes sufren. Está en el mundo sin ser del mundo, porque María es una mujer de Dios, y ese “no tienen vino” es una declaración de fe. Sabe del poder de Dios, de lo que es capaz de hacer. Conoce a su hijo y le llama.
Así es como María intercede y se compromete con los problemas del mundo influyendo en su hijo. Le llama confiada y deja espacio para que el milagro ocurra.
Ese mismo gesto, esa misma sensibilidad, se vuelve urgente hoy. Mientras en Sevilla vivimos nuestra Semana Grande: una mujer buscará trabajo sin saber por dónde empezar; un hombre intentará tramitar unos papeles que podrían abrirle las puertas a una vida más digna y segura;
una familia no se verá un mes más ahogada por un alquiler imposible; o una señora mayor pedirá de nuevo a quien la visita que se quede diez minutos más…
Son nuestros “no tienen” y necesitan una mirada atenta y delicada como la de María.
En Andalucía, casi dos millones de personas viven en situación de exclusión social. La vivienda es el golpe más duro y más de 400.000 hogares caen bajo el umbral de la pobreza tras pagar casa y suministros. “La precariedad laboral hace que las familias no puedan llegar a final de mes y vivan en una continua situación de incertidumbre.
Son datos, pero todos y cada uno tienen rostros, y nos ayuda a ver la necesidad de dirigir nuestra mirada, y escuchar la voz de María: “Haced lo que Él os diga”.
Esta Semana Santa es una nueva oportunidad para contemplar el corazón. Para interpelarnos y dejarnos cuestionar. Para fijar la mirada en María y dejarnos moldear por el Espíritu para que nos impulse a mirar con más hondura. A no pasar de largo. A detectar esos “no tienen”. A ponernos en marcha sin hacer ruido. A ofrecer nuestras manos, tiempo y dones al servicio de quienes hoy necesitan que alguien vea su carencia, su dolor, su soledad.
María acompañó siempre a su hijo y permaneció junto a él, en Jerusalén, en Caná, en su camino hacia la cruz, en su muerte…, y supo esperar contra toda esperanza la Resurrección de Jesús. Y en ese camino, su corazón se fue configurando con el de su Hijo paso a paso, en disponibilidad, entrega, silencio y confianza.
Esa es la invitación de esta Pascua: que nuestra presencia en el mundo se parezca un poco más a la suya: atentos, disponibles, humildes, en camino, amando, entregándonos, confiados, junto a Jesús.
Ainhoa Ulla



