Un equipo de investigación de la Universidad de Cádiz ha identificado, por primera vez, la presencia de microplásticos en diez playas de la isla Decepción, en la Antártida. Los resultados muestran que incluso uno de los lugares más remotos del planeta no está libre de contaminación plástica, y establece una línea base para futuros programas de seguimiento ambiental.
El análisis realizado por las investigadoras reveló que los microplásticos estaban presentes en las diez playas muestreadas. Las concentraciones oscilaron entre 2 y 31 partículas aproximadamente por kilogramo de arena. «Son valores que podemos considerar bajos o moderados en comparación con zonas urbanas del planeta, pero resultan significativos en un entorno tan aislado«, explica a la Fundación Descubre la investigadora de la Universidad de Cádiz María Bellada Alcauza Montero.
En el trabajo, titulado ‘Occurrence and distribution of microplastics in intertidal sediments at Deception Island, Antarctica’ y publicado en ‘Marine Pollution Bulletin’, las expertas explican que la Antártida suele percibirse como un territorio prácticamente intacto. Sin embargo, la actividad científica, turística y pesquera, junto al transporte oceánico desde latitudes más bajas, pueden introducir contaminantes como los microplásticos, partículas del tamaño aproximado de un grano de azúcar.
Vigilar el futuro
Para comprobar si había microplásticos en los sedimentos intermareales, es decir, la franja de playa que queda al descubierto con la bajamar, y generar una referencia científica que permita evaluar en el futuro si la contaminación aumenta, el equipo tomó muestras en diez playas distribuidas por toda la isla Decepción, en la Antártida, en el año 2023. En cada una de ellas recogieron tres réplicas de sedimento superficial en la zona de máxima marea.
Posteriormente, en el laboratorio de la Universidad de Cádiz, separaron las partículas ‘sospechosas’ mediante un sistema de flotación con agua hipersalina, un mecanismo similar a verter arena con diminutos fragmentos de plástico en agua muy salada: la arena se hunde y el plástico flota, igual que el aceite sobre el agua.
Tras este proceso, analizaron cada fragmento con espectroscopía infrarroja (FTIR), una técnica que permite identificar el tipo de plástico comparando su ‘huella’ química con una biblioteca digital de referencia, es decir, una base de datos de materiales previamente identificados.
Orígenes del plástico
Los resultados revelaron que la mayoría de las partículas eran fragmentos procedentes de la degradación de plásticos mayores, y no se detectaron pellets industriales. Así, predominaron los tonos ámbar, verdes y grises claros, colores asociados a procesos avanzados de envejecimiento por radiación ultravioleta y condiciones ambientales extremas. «Es muy complicado establecer el origen exacto de los microplásticos, pero estos datos nos indican que llevan tiempo en el medio y han sufrido procesos prolongados de degradación, ya sea tras ser transportadas desde latitudes más bajas o como consecuencia de la fragmentación de materiales plásticos presentes en la propia zona», explica la investigadora.
Respecto al plástico, los más frecuentes fueron el polietileno (PE), que suele emplearse para fabricar bolsas, envases, botellas y film transparente, entre otros materiales. También identificaron policloruro de vinilo (PVC), que se emplea en tuberías, cables eléctricos, mangueras o materiales de construcción.
El equipo de la Universidad de Cádiz explica que la presencia de partículas verdes asociadas a PVC podría estar vinculada a materiales empleados en actividades pesqueras, aunque el origen exacto no puede determinarse con certeza. Tampoco descartan el transporte a larga distancia desde otras regiones del planeta mediante corrientes oceánicas. «El PVC es especialmente relevante desde el punto de vista medioambiental, ya que algunos estudios lo consideran uno de los plásticos con mayor potencial dañino«, comenta María Bellada Alcauza Montero.
Un riesgo añadido en un ecosistema frágil
El equipo investigador señala que aunque las concentraciones detectadas no son elevadas en términos globales, la preocupación radica en el contexto: la Antártida alberga ecosistemas extremadamente sensibles y organismos adaptados a condiciones límite. Los microplásticos pueden ser ingeridos por invertebrados bentónicos, aquellos que viven asociados al sedimento de las playas, causar daños físicos en su aparato digestivo y actuar como vectores de sustancias químicas potencialmente dañinas.


Vista de la base española en la isla Decepción, en la Antártida.
Además, el estudio no encontró diferencias significativas en cuanto a la menor o mayor presencia de microplásticos entre las diez playas muestreadas. «Esto sugiere que el mar los ha distribuido de forma homogénea por la bahía, que posee forma de herradura y es de origen volcánico», indica la investigadora.
Los investigadores subrayan que este trabajo constituye la primera evidencia científica de microplásticos en sedimentos intermareales de la isla Decepción y proporciona una base de referencia para campañas futuras. El siguiente paso será comparar estos datos con nuevas muestras recogidas en 2024 y continuar con análisis periódicos.
Este trabajo ha sido financiado por el proyecto ‘COPLA’ (PCM_00056), respaldado por la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación de la Junta de Andalucía y por la Unión Europea, a través del programa ‘NextGenerationEU/PRTR’, así como por el proyecto ‘RADIANT’.




