Cuando un joven decide ingresar en el Seminario no solo es su mundo el que cambia por completo, sino el de toda su familia. Sus padres y hermanos también experimentan una sacudida que recoloca la convivencia, las dinámicas familiares e incluso la propia fe.
Aunque unos padres cristianos recen por las vocaciones sacerdotales, cuando un hijo le dice que va a dejarlo todo porque ha recibido la llamada vocacional al sacerdocio, “nunca estás preparado”, declara José Julio Salado, padre de Pedro, seminarista de primero. “La verdad es que, aunque alguna vez en familia habíamos pensado que este momento se podría producir, en realidad nunca te lo esperas y siempre es una noticia que sorprende y abruma”, añade. No obstante, recuerda que desde el primer momento “le manifesté todo mi apoyo” y le aseguró que si creía que era lo que Dios le pedía, le instó a seguir adelante, “porque todos estaremos a tu lado”.
Sin embargo, Florencia Ruiz, madre del diácono José Manuel Ruiz, no se tomó tan bien la noticia. De hecho, confiesa que “durante muchos días lo pasé bastante mal”. Ahora, en cambio, “lo veo muy feliz y muy contento, y estoy encantada de acompañarlo a todo lo que me pide”.
Esta sorpresa e ilusión también se extiende a los hermanos. Por ejemplo, Francisco Javier Balón, hermano de Juan Nazario (seminarista de primer curso), explica que recibió la noticia de su ingreso en el Seminario “como cualquier hermano se tomaría un nuevo noviazgo de otro hermano: con ilusión y con ganas de conocer a la novia (el Seminario, en este caso)”, bromea. Señala que, además, su hermano “no es ‘novato’ en el tema religioso o vocacional. En él lleva floreciente desde muy temprana edad. Llevaba ya unos años viviendo en una comunidad religiosa como consagrado, por lo que el paso de ésta al Seminario no me sorprendió en absoluto”.


Dios es el que llama
Está claro que la vocación es un don y Dios es siempre quien llama. Si bien, también es cierto que la familia es el primer Seminario. Esto se refleja en la infancia y educación de los seminaristas que, en su mayoría, han recibido la fe cristiana en el seno familiar.
“La fe es algo consustancial en nuestra familia. Desde nuestro matrimonio hemos intentado que nuestra casa sea un hogar cristiano, donde la fe se viva con naturalidad, donde Dios esté presente en nuestro día a día”, reconoce José Julio. La madre de Juan Nazario también se preocupó por favorecer la educación religiosa de sus hijos, “animando constantemente, criando en la fe, apoyando, escuchando…”, recuerda Francisco Javier. Igualmente, Ana sostiene que “en casa siempre hemos tenido una vida activa de fe y creo que eso le hizo -a su hermano- sentirse seguro a la hora de dar el paso de ingresar en el Seminario”.


Otro aspecto en el que coinciden los allegados de los seminaristas es que “el Seminario es una gran familia” y en que no pierden un hijo, sino que ganan muchos más. Además, la implicación de las familias es constante, participando en las distintas actividades que desde el Seminario se proponen: el día de la familia, jornada de puertas abiertas, oraciones vocacionales mensuales, etc.
Ana destaca también el “crecimiento tanto a nivel formativo como espiritual” que ha experimentado su hermano en estos años como seminarista. En esta línea se expresa Francisco Javier, que ve a su hermano “¡en su salsa! Muy contento, tanto con el grupo como con la formación; creciendo personal y espiritualmente”. Los padres de Pedro también agradecen “la acogida y el cariño con el que nuestro hijo es tratado por los formadores y compañeros”, y resaltan cómo esta etapa les está permitiendo conocer distintas realidades eclesiales: “La Iglesia es una, pero a la vez plural, y vemos en nuestro hijo la alegría con que va descubriendo esos otros espacios donde la Iglesia está presente y el enriquecimiento personal que esto produce”.
“El ciento por uno”





