martes, 15 septiembre 2026

Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

Javier Garrido, a punto de ordenarse diácono, y Juan Nazario Balón, seminarista de segundo curso, han vivido este verano una experiencia que -confiesan- jamás olvidarán.

Javier Garrido, a punto de ordenarse diácono, y Juan Nazario Balón, seminarista de segundo curso, han vivido este verano una experiencia que -confiesan- jamás olvidarán.

Durante unas semanas han acompañado a los sacerdotes mayores de nuestra Archidiócesis en la Casa Sacerdotal ‘Santa Clara’, colaborando con los auxiliares en la preparación y el servicio de sus comidas y acompañando a los presbíteros. Juan Nazario describe su quehacer diario en esta casa diocesana como “esencialmente estar, acompañar, asistir y escuchar”. Sin embargo, pese a la sencillez de sus tareas, este seminarista asegura que la experiencia le ha impactado muy positivamente. Recuerda cómo al ingresar en el Seminario entregan una cruz grabada con la inscripción ‘Sé fiel’. “Esta inscripción -explica- está grabada en el corazón de cada sacerdote de la Casa Santa Clara, pero quizás ligeramente modificada: ‘He sido fiel’, y completada con aquello de San Pablo: “He combatido el noble combate, he completado mi carrera, he conservado la fe”. Por eso, lo que me ha aportado esta experiencia es, sobre todo, grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación sacerdotal, hasta el final”.

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Por su parte, Javier Garrido asegura que “han sido días muy buenos. Me faltan adjetivos para poder expresar lo que llevo en el corazón”. Si bien, de entre todo lo vivido, destaca la celebración diaria de la misa. “A las doce estaban la mayoría en la capilla. Los sacerdotes con sus estolas, hasta los más mayores. Juntos rezábamos el Ángelus y comenzaba la Eucaristía. Todos concelebran y uno presidía. Una de las mujeres leía las lecturas, otro sacerdote proclamaba el Evangelio y otro las peticiones. Nosotros amenizábamos la celebración con cantos”.

El valor del cuidado

Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”Este servicio ha ayudado también a los seminaristas a acercarse a la realidad del cuidado, especialmente del enfermo y de las personas que están al final de su vida.

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Al respecto, Javier Garrido opina que su apostolado en la Casa Sacerdotal le ha reafirmado en la enseñanza de la Iglesia: “La vida tiene un valor incalculable desde la concepción hasta la muerte natural, porque algunos de los sacerdotes están apagándose lentamente, a veces hasta con dolor o molestia, pero su vida sigue teniendo sentido. Ver un sacerdote que prácticamente no habla mucho ni come solo, pero reza contigo, vive la comunión espiritual y te da la bendición… No es solo lo que hace y da, sino lo que es”.

En esta línea se expresa Juan Nazario quien señala que “el sacerdote está crucificado con Cristo, y el ministerio sacerdotal es inseparable al misterio de la Cruz. En estos sacerdotes, esta unión se significa de una manera muy concreta y profunda. A ojos utilitaristas y materialistas, podría parecer que estos sacerdotes ya no ejercen su ministerio, son inservibles y no dan frutos. Sin embargo, a ojos de la fe, ¿cuánto vale la oración de un sacerdote que sufre? ¿Cuánto fruto pastoral hay tras el dolor de un sacerdote? ¿Cuánto bien para la Iglesia?”, se pregunta.

Humildad y fidelidad

Son dos valores que ambos seminaristas han encontrado en los sacerdotes mayores que residen en la Casa Sacerdotal. Al respecto, el seminarista de segundo curso argumenta que le ha edificado el testimonio de humildad de estos sacerdotes. “Entre ellos había profesores de teología, doctores, antiguos rectores del seminario… Sin embargo, eso ahora no parece importarles, parecería haber quedado atrás, quedando ahora, sin embargo, la alegría humilde del sólo hecho de ser sacerdotes de Cristo”. A lo que el futuro diácono añade que conocer sus testimonios le ha hecho profundizar en la certeza de que Dios está con nosotros hasta el final y en la fidelidad de su promesa. “Poder conocer, ayudar y servir a sacerdotes que han dado su vida por el Señor en esta tierra, y ver cómo acaban sus días siendo fieles -muchos de ellos muy desgastados pero fieles-, me ha dado fortaleza y esperanza en que es posible y gratificante dar la vida por Cristo y en su Iglesia”.

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Finalmente, ambos agradecen al Seminario la oportunidad de vivir esta experiencia durante el verano y reconocen que cada pastoral a la que son enviados “nos enriquece y nos ayuda en nuestro discernimiento vocacional”, en palabras de Javier Garrido.

“Nuestro mundo actual desconfía del compromiso. No cree en la posibilidad de comprometerse para siempre, de entregarse de manera definitiva, de apostar por decisiones que comporten toda la vida, y los seminaristas y sacerdotes podemos ser tentados en estas convicciones. La Casa Sacerdotal muestra con fuerza lo contrario: Es posible ser fiel hasta el final, es posible la fidelidad al Señor y a la vocación, es posible entregar la vida, y no solo es posible, sino que vale la pena y, además, es hermoso”, concluye Juan Nazario.

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