Miguel Ángel Núñez Aguilera es delegado diocesano de Ecumenismo, y estos días cierra un curso que ha estado marcado por varias conmemoraciones claves en la necesaria dinámica de la unidad de los cristianos. Esta es también una buena ocasión para reiterar la necesidad de tender puentes en aras de ese anhelo que hunde sus raíces en la noche del Jueves Santo… “Padre, que todos sean uno”.
¿Qué es el ecumenismo? Porque habrá quien lo confunda con el diálogo interreligioso.
Exactamente, es una confusión. No hay mala voluntad, o mala fe, pero se tiende a mezclar ambas cosas… Y son dos realidades distintas. El diálogo interreligioso hace referencia al diálogo de la Iglesia Católica con otras religiones no cristianas, como pueden ser la judía, el islam, el budismo, el hinduismo, etc. El ecumenismo es el diálogo de las distintas comunidades cristianas entre sí y, de manera particular en lo que nos atañe, de la Iglesia con las otras confesiones cristianas.
¿Este diálogo entre las distintas confesiones cristianas sigue siendo una prioridad para la Iglesia Católica?
Es una prioridad permanente para cualquier cristiano desde la misma noche del Jueves Santo, cuando el Señor invoca en su oración que todos sean uno. Todos los cristianos estamos comprometidos con la unidad, en este tiempo sigue siendo una prioridad para todos nosotros y la Iglesia Católica, sin duda alguna, así lo vive. Lo refrendó en el Concilio Vaticano II y trabaja incesantemente en ello. La constatación de este trabajo y de esta apuesta por el diálogo ecuménico, por tender puentes con otras confesiones cristianas, fue precisamente la visita de León XIV a ese escenario donde se celebró el Concilio de Nicea.
Nicea es el punto de contacto.
Efectivamente, porque Nicea es donde todos los que creen en Cristo se reconocen en la misma fe.
Hemos hablado de los signos de esperanza, pero ¿Y las dificultades? ¿Dónde están las barreras?
Sin duda alguna las hay. Solamente hay que mirar a nuestro alrededor, cuando nos vemos lamentablemente divididos. ¿De dónde surgen las barreras? Hace relativamente poco tiempo, en un café muy improvisado con un pastor luterano y un reverendo ortodoxo, estábamos hablando de esta cuestión y, de manera muy espontánea, el pastor luterano apuntó que nuestras divisiones son fruto siempre del pecado. Efectivamente.
¿Se avanza hoy más desde los grandes acuerdos teológicos o desde esos encuentros cotidianos entre las comunidades?
Ambas cosas. Es necesario el diálogo teológico, porque hay que clarificar teológicamente afirmaciones, exposiciones… En ese diálogo teológico, cuando se entabla, se descubre hasta qué punto estamos cerca, y realmente muchas veces estamos hablando de unas grandes separaciones, grandes divisiones, pero que vienen más por prejuicios que por verdad teológica. Esto es solamente una parte del camino. La otra parte del camino es el tú a tú, la convivencia, el trabajo de base de todos los cristianos, de todas las comunidades cristianas, en ese reconocerse en la fe común de Jesucristo, verdadero Dios, verdadero hombre, salvador del género humano.


Desde hace décadas, Sevilla, nuestra Archidiócesis, vive con un gran compromiso las claves del Concilio Vaticano II. Seguro que todos en Sevilla, o al menos los más veteranos del lugar, recordarán el trabajo encomiable de don Manuel Portillo, y con él tantísimas personas que se esforzaron y se comprometieron en establecer esos vínculos, esos lazos, esos contactos, de tal manera que no seamos extraños en una misma tierra. Y desde ese ayer, nuestro presente es un presente muy vivo, de diálogos muy espontáneos, de conocimientos muy espontáneos, de encuentros muy espontáneos entre nuestra realidad diocesana y otras comunidades cristianas.
¿En qué consiste la ayuda que presta la Iglesia Católica a otras confesiones cristianas?
El auxilio que presta la diócesis de Sevilla a todas las comunidades cristianas, reformadas o de la ortodoxia, es antiguo y muy relevante. Desde la cesión puntual de algún templo para que puedan tener un lugar permanente para sus celebraciones litúrgicas. Pienso en la Iglesia de la Misericordia, donde la comunidad del Patriarcado Rumano celebra. Tiene un punto de encuentro también en la calle Santa Clara, la antigua capilla en la que está la comunidad de rito grecolatino ucraniano, que está unido a Roma. Luego también, puntualmente, se nos pide auxilio para celebración de algún acto muy puntual y, en la medida de nuestras posibilidades, procuramos atender.
Pero estos lazos han ido más allá
Sobre todo con la guerra de Ucrania. Ha habido una llamada de auxilio, y se han establecido unos lazos y vínculos de solidaridad en la caridad. Junto a ese auxilio en la caridad, también está el conocimiento cultural. Son encuentros de formación en distintas hermandades o parroquias por toda la Archidiócesis. Por tanto, junto al elemento propiamente teológico también hay un aporte de la cultura.
¿Podemos sacar conclusiones del trabajo que se ha llevado a cabo desde esta Delegación de Ecumenismo?
El balance lo deberíamos hacer de manera coral, no solamente yo, sino todas las personas que trabajan en la delegación y también todas las personas implicadas. Pero mi modesta opinión es de un balance positivo, siempre mejorable. La efeméride que marcó fue la celebración del Concilio de Nicea y, desde ahí, como una plataforma de trabajo. Es un balance, en términos generales, positivo. Seguimos abundando en el conocimiento mutuo, en la fraternidad y en el reconocimiento. Para el próximo curso, en ecumenismo, cualquier planificación hay que ponerla siempre en las manos del Espíritu Santo. Pero en relación con la Semana de Unidad de los Cristianos, además de la celebración que se tiene en cada parroquia, la delegación tiene un acto más visual, donde todas las comunidades cristianas puedan participar de manera coral. Y en esa búsqueda de una semana coral, que cada día se pueda celebrar el octavario de manera compartida en una comunidad distinta.
¿Quiénes son los ‘devotos del ecumenismo’? ¿Con qué gente cuenta?
Yo me atrevería a decir que del ecumenismo no se es devoto. El ecumenismo no es una opción, es una necesidad a la que estamos impelidos, por Cristo mismo, y me vuelvo a remitir a la noche del Jueves Santo, donde el Señor Jesús, con Dios Padre, hace su oración que todos sean uno. Entonces no es una cuestión de a mí me gusta, a mí no me gusta, sino que todos estamos impelidos a trabajar en la unidad. ¿Con quién se cuenta? De manera directa con un cuerpo de voluntarios, personas especialmente sensibilizadas. Además, en la diócesis de Sevilla hay, junto con la delegación, otra serie de iniciativas. Estoy pensando en el paseo ecuménico que se realiza todos los años con motivo de la Semana de la Creación. También en algunos colegios, donde los profesores de Religión tienen alguna iniciativa de este carácter ecuménico, cuentan con nosotros y los auxiliamos para darle apoyo. Y luego están las parroquias, porque el ecumenismo al tiempo que se hace desde arriba, por parte de nuestros pastores, también se hace desde abajo. Entonces, debemos asumir todos esta convicción de que el Señor nos quiso y nos quiere uno.
Si tuviera que transmitir un mensaje a quienes todavía ven el ecumenismo con cierto recelo o desconocimiento… ¿Qué les diría?
Yo les diría que piensen no en lo que a ellos les parece el ecumenismo, sino en cómo el Señor nos contempla. Y si el Señor, al vernos divididos… Como cualquier padre, el mayor dolor que tiene siempre es ver que hijos suyos, hermanos entre sí, no se hablan, no se relacionan. Si ese es el mayor dolor en la carne de un padre, de una madre, de una familia, de manera similar podemos entender el dolor que hay en el corazón de Cristo al vernos separados y divididos, ¿no? Desde esa visión sobrenatural, cada cuál que tenga este compromiso por la unidad de los cristianos. Padre, que todos sean uno.



