El pasado 16 de junio se ha celebrado en la Real Parroquia de Señora Santa Ana, de Sevilla, la Eucaristía de Acción de Gracias por la declaración de Venerable, por el Papa León XIV, del Siervo de Dios Pedro Manuel Salado Alba, consagrado del Hogar de Nazaret, que ofreció su vida por amor, cuarta vía de los procesos de canonización que fue instaurada por el Papa Francisco en 2017. Nació el 1 de enero de 1968 en Chiclana de la Frontera y falleció el 5 de febrero de 2012 en la Playa de Tonsupa cerca Atacames (Ecuador).
El Venerable Siervo de Dios Pedro Manuel no va camino de los altares porque hiciera cosas extraordinarias todos los días, sino porque vivió lo ordinario con un amor extraordinario. Ahí está una de las grandes enseñanzas de su vida. La santidad no empieza necesariamente en gestos heroicos, sino en la fidelidad pequeña y constante: en servir cuando nadie aplaude, en obedecer cuando cuesta, en cuidar a los demás con paciencia, en rezar con perseverancia, en trabajar bien, en vivir pobremente, en no buscar protagonismo y en amar a cada persona concreta que Dios pone en el camino.
Su vida es modelo de santidad porque muestra que el Evangelio puede hacerse carne en una persona sencilla. Pedro Manuel no necesitó imponerse ni destacar. No buscó ocupar el centro. Su fuerza estaba en otra parte: en la humildad, en la disponibilidad y en la confianza en Dios. En un mundo que tantas veces mide a las personas por el éxito, la imagen o el reconocimiento, él nos enseña que la verdadera grandeza cristiana consiste en servir.
También es modelo de santidad por su modo de amar. Los niños lo llamaban “papi Pedro”, y ese nombre expresa mejor que muchas palabras la hondura de su entrega. Supo ser presencia cercana, paciente y fiel para quienes más necesitaban cariño, protección y esperanza. No amó de manera genérica, sino concreta. Amó con tiempo, con gestos, con atención, con escucha, con alegría y con sacrificio. Esa es la santidad cristiana: hacer visible el amor de Dios allí donde uno está.
Su muerte, entregando la vida para salvar a siete niños en el mar, fue la culminación de una existencia vivida como don. Pero aquel gesto final no fue improvisado. Fue el fruto maduro de una vida entera entregada día tras día. Murió como había vivido: cuidando, protegiendo, sirviendo y amando hasta el final.
Por eso, Pedro Manuel es modelo para todos: para los jóvenes, porque muestra que merece la pena entregar la vida a Dios; para las familias, porque recuerda el valor de la sencillez y la fe transmitida en casa; para los educadores, porque enseña a mirar a cada niño con dignidad; para los consagrados, porque refleja la belleza de una vida totalmente disponible; para las parroquias, porque muestra una santidad humilde, alegre y servicial.
Su vida nos dice que también nosotros podemos ser santos. No copiando exteriormente su camino, sino viviendo con su misma actitud: amar más, servir mejor, confiar en Dios, cuidar a los pequeños, vivir con humildad y entregar cada día la vida por los demás.
El Venerable Siervo de Dios Pedro Manuel Salado es, así, un modelo cercano de santidad: una santidad sin ruido, pero con fruto; sin apariencia, pero con hondura; sin protagonismo, pero con una fuerza luminosa que sigue hablando hoy a toda la Iglesia.
+ Teodoro León Muñoz
Obispo Auxiliar de Sevilla



