Hay momentos en los que uno camina sin darse cuenta de que se ha ido alejando. No es una decisión consciente, no hay ruptura visible, pero el corazón se va enfriando poco a poco. La vida sigue, los pasos continúan, pero algo dentro deja de arder. Y entonces, casi sin notarlo, uno se encuentra caminando hacia un lugar que no era el que soñó al principio.
Así estaban los discípulos de Emaús. Caminaban, hablaban, recordaban, pero ya no esperaban. Todo lo que habían vivido con Jesús parecía haberse apagado. Y, sin embargo, es precisamente en ese camino donde Él sale al encuentro. No irrumpe. No se impone. Se acerca y camina con ellos.
El Resucitado tiene este modo: entra en nuestros caminos tal como están, incluso cuando no son los que querríamos, incluso cuando nacen del cansancio o de la decepción. No espera a que volvamos para salir a buscarnos. Sale Él primero. Y empieza a hablar.
No cambia de golpe la situación. No transforma inmediatamente las circunstancias. Pero va haciendo algo más profundo: vuelve a encender el corazón. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (Lc 24,32).
El signo de su presencia no es primero externo. Es interior. Es ese fuego que vuelve sin hacer ruido, esa certeza que despierta, esa vida que se reanuda dentro. Porque cuando Él está, el corazón deja de ser un lugar frío y se convierte de nuevo en casa.
El corazón del hombre está hecho para ser casa. No un lugar de paso, no un espacio vacío, sino una morada. Y cuando esa casa está habitada, todo cambia, aunque por fuera nada haya cambiado todavía.
Todos hemos experimentado alguna vez lo que significa estar con alguien y sentir, sin necesidad de explicarlo, que ahí hay hogar. No por lo que se dice, no por lo que se hace, sino por lo que se percibe. Hay personas con las que uno descansa, con las que el corazón se ensancha, con las que, sin darse cuenta, vuelve a ser uno mismo. Eso sucede porque, en el fondo, lo que reconocemos no es solo a la persona. Reconocemos una presencia.
La Pascua tiene mucho que ver con esto. Es descubrir que Cristo no solo sale a nuestro encuentro, sino que se hace presente de tal manera que, cuando está, todo dentro encuentra su sitio. Como cuando llegas a casa después de un camino largo y, sin palabras, sabes que estás donde tienes que estar.
Muchas veces pensamos que volver significa hacer grandes cambios, tomar decisiones radicales o empezar de nuevo. Pero con Él, volver es más sencillo y más profundo: es dejar que su presencia encienda de nuevo lo que se había apagado.
Cuando el corazón arde, todo se recoloca. Las preguntas no desaparecen, pero ya no pesan igual. Las heridas siguen ahí, pero ya no tienen la última palabra. La mirada cambia, porque dentro hay alguien. Y entonces ocurre algo decisivo: uno vuelve. No porque todo esté resuelto, sino porque el corazón ha sido tocado. Porque cuando Él se hace presente, uno ya no puede seguir viviendo igual. El fuego interior empuja hacia la vida. Es como si el corazón recuperara su capacidad de amar, de esperar, de confiar.
Quizá hoy también tú estás en camino. Quizá sientes que algo se ha enfriado, que la esperanza no tiene la fuerza de antes, que el corazón se ha vuelto más cerrado, más prudente, más cansado. Pero Él sigue saliendo al encuentro. Sigue caminando a tu lado, aunque no lo reconozcas del todo. Sigue hablando, aunque no siempre sepas identificar su voz. Sigue encendiendo, poco a poco, sin forzar. Porque tu corazón sigue siendo casa. Y Él no ha renunciado a habitarla. Hoy te pido que lo dejes acercarse, hablarte, encender lo que parece apagado… y cuando arde, sabes que has vuelto a casa.
+ Teodoro León Muñoz
Obispo Auxiliar de Sevilla
Imagen: Pati.te
La vida al ritmo del Espíritu del Resucitado
Ha resucitado… y su vida comienza en nosotros
La paz del Resucitado que habita lo cerrado



