Hace 45 años, en junio de 1981, en la base de un gran pozo excavado en las obras preliminares para la construcción del Metro de Sevilla en la céntrica Plaza Nueva, se produjo un hallazgo sin precedentes: la aparición, a unos once metros de profundidad, de los restos de una embarcación de madera de unos siete metros de largo, además de un ancla de forma cruciforme ubicada en un nivel arqueológico cuatro metros por debajo de los restos del pecio.
Conservadas durante décadas en la sede Museo Arqueológico de Sevilla, ubicada en el Parque María Luisa, desde 2020, con motivo del cierre al público del edificio principal de este centro museístico gestionado por la Junta de Andalucía por sus obras de acondicionamiento y rehabilitación, las piezas pasaron a custodiarse – en diecinueve embalajes de conservación de 60 x 40 cm- en el Centro Logístico de Patrimonio Cultural de Andalucía (CLPC) de la Consejería de Cultura y Deporte, en el municipio hispalense de La Rinconada, permaneciendo plenamente accesibles para los investigadores.
Estudiados, limpiados y catalogados a principios de la década pasada por el arqueólogo Carlos Cabrera Tejedor, recientemente estos cuatro centenares de piezas metálicas y de madera -correspondientes a las cuadernas, remos, clavazones y otras partes del pecio-, están siendo objeto de una investigación que incluye fotogrametría y modelaje en 3D por la investigadora Marta del Mastro Ochoa, en el marco de un proyecto financiado por el Institute of Nautical Archaeology (INA), de la Universidad de Texas (Texas A&M), y coordinado conjuntamente por ella, Carlos Cabrera Tejedor y el profesor John P. Cooper.
Como valora la consejera de Cultura y Deporte, Patricia del Pozo, se trata de una investigación «de gran interés social y patrimonial», por ser los únicos restos de un pecio andalusí del siglo XI hallados en todo el registro arqueológico europeo. Para Del Pozo, «estos trabajos van a contribuir de manera destacada ampliar el conocimiento de estos bienes, siendo claves para el desarrollo de estrategias innovadoras que implementen su protección y contribuyan a su difusión entre todos los andaluces».
El «rescate»
En 1981, cuando todavía faltaban varios años para la aprobación de las primeras leyes de protección del patrimonio histórico de la actual democracia, los conservadores y expertos del Museo Arqueológico de Sevilla, advertidos por los responsables de la obra del Metro de Sevilla del afloramiento de varios elementos inesperados, acudieron a la céntrica Plaza Nueva sevillana para realizar una valoración del hallazgo sobre el terreno, que tuvieron que ejecutar en apenas unas horas. En el tiempo que media entre la finalización de la jornada de los trabajadores del metro y el inicio de la siguiente, los técnicos del Museo documentaron y extrajeron los restos de esta embarcación, ya que la obra no se paralizó.


Una de las tracas del forro del pecio del siglo XI hallado en Sevilla 1981 fotografiada por Carlos Cabrera en 2012.
Se trató de una operación muy compleja, dado que los vestigios del pecio se hallaban a bastante profundidad, en el nivel freático y cubiertos de limo, lo que, paradójicamente, contribuyó a su preservación. «Más que una excavación fue un rescate», valoran desde el Museo Arqueológico de Sevilla, al tiempo que califican esta extracción de hace 45 años como «casi milagrosa», merced a los complicados condicionantes de los trabajos, sin casi tiempo de reacción y que llevó a los especialistas del museo a meterse en el pozo y a recuperar todos los elementos que habían aflorado. Fueron capaces, por añadidura, «de levantar una primera planimetría, tomar fotografías y establecer una primera numeración y registro de las piezas».
En total, se extrajeron al menos 400 fragmentos de diverso tamaño, en buen estado de conservación, que corresponden, aproximadamente, a un 30% de la embarcación original, toda vez que más de la mitad del pecio permaneció oculta y sepultada al otro lado del perfil del pozo de la obra del metro. La mayoría de los restos de madera corresponden al casco externo y a los armazones internos de la barcaza original.
También se recuperaron varios materiales cerámicos y un ancla de una embarcación distinta. Se trataba de un ferro muy singular, cuya factura fue situada ya en 1984 por el arqueólogo Luis Javier Guerrero Misa en la tradición bizantina, estableciendo la hipótesis de que pudiese haber sido perdida por una nave que navegara por el antiguo puerto de Sevilla a mediados de la segunda mitad del siglo VI. Un ancla que, al contrario que los vestigios del pecio, estuvo expuesta en la colección permanente del Museo Arqueológico de Sevilla.
Fue el profesor Carlos Cabrera Tejedor quien en su publicación ‘The Antique Port of Seville: Transformations from Roman Times to the Islamic Period’, incluida en las ‘Actas del V Congreso Internacional de Arqueología Subacuática’ de 2016, estableció el origen andalusí, así como la cronología del barco tras la realización de las pruebas de radiocarbono. Determinó que el barco «probablemente fue construido y utilizado durante la segunda mitad del siglo X o el primer cuarto del siglo XI, último período en el que el antiguo cauce del Guadalquivir era navegable».
Según recoge el investigador, el barco original no tenía vela, ya que no se encontraron restos del mástil, y sí vestigios de lo que pudieron ser los remos, lo que indicaría que se trató de un naufragio fortuito de una embarcación de propulsión manual. En opinión de Cabrera Tejedor, el hundimiento de Plaza Nueva pudo ser de «un barco ligero o de servicio, aproximadamente de siete metros de eslora por dos metros de manga, utilizado para transportar mercancías desde barcos más grandes, anclados en el Guadalquivir».
Por su parte, la investigadora Marta del Mastro Ochoa señala que la investigación actual de las cuadernas conservadas aporta información relevante de su proceso constructivo, permitiendo determinar que se trataba de una barcaza construida en el entorno local por carpinteros de ribera. «Es un estudio que podemos hacer ahora porque hace cerca de 50 años antes alguien se metió en un pozo, del que se desconocía casi todo, e hizo el esfuerzo de recuperar toda la información que se podía».
«El hallazgo y conservación de la barcaza de la Plaza Nueva de Sevilla es un prodigio de la arqueología sevillana, porque es la única embarcación de periodo andalusí, concretamente del siglo XI, que se conoce en la península Ibérica», continúa Del Maestro. «Me atrevería a decir que, de hecho, es la única del Mediterráneo, porque solo se han descubierto dos más en Marsella, aunque en muy mal estado, siendo la de Sevilla la única hallada en su contexto social y local, construida por carpinteros de ribera locales y en una zona de tráfico fluvial», concluye la investigadora.
Desde el Museo Arqueológico de Sevilla señalan la importancia de contar con este conjunto de piezas, las únicas correspondientes a un pecio de su extensa colección patrimonial, compuesta por más de 700.000 unidades de registro. Unos bienes arqueológicos que permiten asimismo «avanzar en el conocimiento de la navegación y el trazado fluvial de Sevilla, tanto de la Antigüedad como de la Edad Media».
«Esta barcaza de Plaza Nueva es un regalo con el que contamos: nos ofrece ahora mucha información relevante y seguirá dándola en el futuro, cuando se apliquen técnicas de análisis ya en desarrollo», concluye la consejera de Cultura, Patricia del Pozo.



