Mahmoud Nabil, Universidad Pablo de Olavide
Escuchamos que las energías renovables pueden salvar el planeta. Pero, asumiendo que de hoy a mañana toda la demanda energética se pudiera cubrir con fuentes renovables, ¿bastaría para garantizar un futuro sostenible?
La respuesta es no. Y la razón no es tecnológica, sino económica. El sistema mundial funciona bajo un modelo basado en la producción ilimitada, el consumismo y el crecimiento perpetuo. Mientras ese modelo siga intacto, ninguna fuente de energía podrá evitar que sigamos agotando los recursos del planeta.
Una dependencia que nos define y nos asfixia
Cada gran salto tecnológico desde la Revolución Industrial ha dependido de los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas natural se convirtieron en el motor de todos los aspectos de nuestra vida. Pero su impacto va más allá de lo técnico: el control de estos recursos ha moldeado alianzas, provocado conflictos y condicionado el ascenso y declive de naciones enteras.
El coste ambiental es ya innegable. Cerca del 80 % de las emisiones de CO₂, proceden de la quema de combustibles fósiles, acelerando un calentamiento global cuyas consecuencias son cada vez más visibles: olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales y subida del nivel del mar. Estos fenómenos no solo amenazan ecosistemas, sino que agravan la inestabilidad social, los desplazamientos forzados y los conflictos.
El desafío es doble: reducir emisiones mientras se satisface una demanda energética global que no deja de crecer.
Energía renovable, demanda insaciable
La luz solar que recibe la Tierra en una hora bastaría para cubrir toda la demanda energética de un año. Y la tecnología para aprovecharla avanza rápido: las celdas solares de silicio han alcanzado una madurez impensable hace dos décadas, tecnologías emergentes como las celdas de perovskita prometen procesos de fabricación más sencillos, y los costes de la energía fotovoltaica han caído más de un 90 % en la última década.
Pero la demanda energética sigue creciendo exponencialmente, mucho más rápido que la solución. La pregunta entonces no es solo cómo producimos energía, sino cuánta necesitamos y por qué la necesitamos en cantidades cada vez mayores.
El motor del problema: producir más, consumir más, crecer siempre
El modelo económico capitalista depende absolutamente del crecimiento perpetuo. El progreso se mide a través del producto interior bruto (PIB). Más producción, más consumo, más PIB. Pero como dicta la lógica y argumentan investigadores como Tim Jackson y Jason Hickel, el crecimiento material infinito en un planeta con recursos finitos es físicamente imposible.
Los datos lo confirman: el uso de energía y el PIB siguen estrechamente acoplados a nivel global, y los intentos de “desacoplar” el crecimiento del uso de recursos han resultado ineficaces. Producimos más eficientemente, sí, pero el sistema exige que produzcamos siempre más.
La economía conoce bien esta paradoja: el efecto rebote. Cuando una tecnología se vuelve más eficiente, reduce el coste por unidad de uso, lo que acaba estimulando un mayor consumo total. La eficiencia, por sí sola, no puede contrarrestar un sistema cuya supervivencia depende de que consumamos cada vez más.
Este efecto llegaría incluso a la propia energía solar. Si volvemos a la suposición del principio, que toda la demanda se cubre con renovables, el problema no desaparecería. Impulsados por el modelo económico, la gente consumirá más y la industria producirá más, alimentando una extracción de materiales sin límite aparente.
Todo esto nos acerca a lo que se define como la transgresión de los “límites planetarios”: extraemos más de lo que el planeta puede regenerar. La huella material de la economía global se ha triplicado desde 1970. El precio a pagar es la degradación ambiental y la explotación de las regiones más vulnerables, todo bajo la promesa de una prosperidad que nunca llega a todos.
La energía no solo debe ser limpia; debe ser justa
La justicia nunca debe quedar fuera. Los materiales para fabricar paneles solares y baterías, como el indio, la plata, el cobre, el cobalto o las tierras raras, no aparecen de la nada. Se extraen en países del Sur Global, bajo condiciones laborales precarias y con escasa supervisión ambiental.
Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, los salares de litio en Argentina, Bolivia y Chile, la minería de tierras raras en el sudeste asiático o la explotación de oro en Sudán muestran cómo la demanda de materiales “verdes” puede reproducir dinámicas coloniales.
Mientras que los costes humanos y ambientales se concentran en el Sur Global, los beneficios económicos fluyen al Norte Global. Si la expansión de las renovables reproduce este modelo extractivo, la transición energética se convertirá en una nueva forma de explotación en lugar de un avance colectivo.
Cambiar la fuente no basta: hay que cambiar el sistema
El avance científico es esencial, pero el desafío energético va mucho más allá de los laboratorios. Está enraizado en un modelo que premia la acumulación, normaliza el consumismo y externaliza sus costes hacia los ecosistemas y las comunidades más vulnerables, Cambiar de fuente energética es necesario pero insuficiente.
El desafío energético no es solo un problema técnico con solución técnica: es un problema sistémico. Requiere replantearnos qué entendemos por progreso, para quién producimos y a costa de qué. Las decisiones que se tomen hoy a nivel político, económico y estructural definirán no solo la trayectoria del cambio climático, sino la naturaleza del mundo que emerja de esta transformación. Energía renovable sin cambiar el sistema económico es una promesa vacía de futuro sostenible.
Mahmoud Nabil, Postdoctoral Researcher, Universidad Pablo de Olavide
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.



