Todos somos sacerdotes por el bautismo. Sin embargo, Cristo no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo el pueblo santo, sino que, también, por un misteriosísimo designio de su amor, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión: El sacerdote, así, es llamado a ser, por Cristo, con Él y en Él, mediador entre Dios y los hombres: vivir de Dios y con Dios para darlo a los hombres, y vivir con los hombres para llevarlos a Dios. Vivir, como Moisés, en la brecha frente a Dios. Vivir en intercesión. Vivir en Cristo y de la plenitud de su sacerdocio.
Así, el sacerdote experimenta una intimísima invitación de Cristo Jesús a compenetrarse y configurarse de manera muy estrecha con él. Vivir en Cristo, palpitar con Cristo, sentir con Cristo, tener los sentimientos propios de Cristo Jesús, ¡ser Cristo! Ser Cristo ante el Padre y ante los hombres. Que el Padre al mirarle pueda encontrar su Hijo amado en quien se complace; que los hombres al mirarle puedan encontrar el rostro mismo de Dios. Ser, non alther Christus, sed ipse Christus, para que Cristo pueda vivir, actuar, amar, mirar, tocar… a través de tan pobre instrumento.
El Seminario, así, busca forjar en estos instrumentos, hombres de oración, de trato íntimo con Jesús, de horas de sagrario, plenamente conscientes de su esencia eucarística (porque en la Eucaristía y ante ella ejercerá su ministerio, su mediación, su intercesión y se configurará con aquello que contempla y con aquello que celebra); hombres cercanos, de escucha detenida y atenta, disponibles y entregados a todos; hombres vitalmente comprometidos con la Verdad (la Verdad de Cristo y la Verdad del Evangelio) como principal forma de caridad para un mundo relativista, sin dejarse llevar por el respeto humano, por las corrientes de pensamiento, por las ideologías; y hombres de cruz, “acostumbrados al sufrimiento, hombres de dolores, porque a peso de gemidos -decía san Juan de Ávila- da Dios los hijos a los que son verdaderamente pastores, a llorar aprenda quien toma oficio de padre, porque como a Cristo costara sangre las almas, han de costar al prelado lágrimas”.
Por todo, si afirmaba acertadamente el santo cura de Ars que el sacerdocio “es el amor del Corazón de Jesús”, podemos entender el Seminario como ese periodo embrionario donde el corazón del seminarista va aprendiendo a latir unísonamente con tan Sagrado Corazón.
Juan Nazario Balón Aguilar
Seminarista de 1º Curso



