Hace 200 años, santa Joaquina de Vedruna fundó en Vic (Barcelona) una institución religiosa, las Carmelitas de la Caridad, volcada en la educación, el compromiso social y la pastoral juvenil. Justo cuando se cumple el bicentenario de la fundación, la Catedral de Sevilla ha acogido una multitudinaria misa que ha presidido el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y en la que se han dado cita religiosas, alumnos de los tres centros de la congregación en Sevilla – Nervión (Santa Joaquina), Pozo (Sagrada Familia) y San Cayetano-, profesores y personal de administración y servicios para dar gracias a Dios “por la historia fecunda de estos dos siglos: una historia de vida consagrada, de caridad concreta, de educación cristiana y de cuidado de los más frágiles, nacida del corazón creyente de Santa Joaquina de Vedruna, y mantenida con fidelidad creativa en tantos lugares y generaciones”.
En su homilía, el arzobispo ha afirmado que el bicentenario de “las Vedrunas” es oportunidad para “hacer memoria agradecida, renovar la vida espiritual y comunitaria, y proyectar el carisma hacia las nuevas generaciones”. Seguidamente, ha destacado que en el día de hoy “no conmemoramos solo una fecha o una institución”; celebramos “una gracia de Dios concedida a la Iglesia: un modo concreto de vivir el Evangelio, un camino de santidad y de servicio”.
Llamamiento a la escuela católica
Dirigiéndose a los profesores ha señalado que “no son meros transmisores de contenidos. Sois testigos y acompañantes. Los niños y jóvenes necesitan ciencia, sí; pero necesitan, sobre todo, sentido, criterio, fortaleza interior, virtudes”. En esta línea ha señalado que en un tiempo de “prisas, pantallas y dispersión”, la escuela católica está llamada a ser “una casa donde se aprende a pensar, a convivir y a mirar la vida con esperanza”.
Al respecto ha apuntado que la educación, para ser plena, “debe abrirse a toda la verdad sobre el hombre”. Por eso, ha añadido que “la Iglesia, al educar, no impone; propone, acompaña y sirve”. Citando al papa León XIV, ha afirmado que “educar es, en el fondo, una obra de amor”.
En la misma línea, ha marcado un libro de estilo para las obras de la vida consagrada en el ámbito educativo: “No educando para la vanidad, sino para el servicio; no ejerciendo la autoridad como dominio, sino como cuidado; no midiendo el éxito por el aplauso, sino por el bien real que hacemos al más débil”.
“Cada persona tiene un valor infinito”


En la parte final de su homilía, el arzobispo de Sevilla se ha dirigido a la familia Vedruna, de la que ha dicho que “sintetiza su misión en tres verbos: educar, cuidar y liberar”. “En este horizonte, la presencia de ‘las Vedrunas’ en la educación no es un añadido opcional: forma parte de su identidad”, ha añadido.
Como conclusión, ha animado a los alumnos a “aprovechar estos años”: “dejad que os formen, no tengáis miedo de la exigencia, no os conforméis con lo fácil. La fe no os quita nada: os lo da todo, porque os pone delante a Jesucristo, que es la Verdad que no engaña, la Amistad que no traiciona, el Camino que no se pierde”. También ha tenido palabras para los padres, a quienes ha recordado que son “los primeros educadores”.
GALERÍA del acto
HOMILÍA del arzobispo



