El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, ha ofrecido hoy una meditación para los hermanos mayores de las corporaciones de la Archidiócesis y para los miembros de los consejos de hermandades locales.
Esta formación se ha enmarcado en la celebración del retiro de Cuaresma que anualmente organiza la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías. Este año, coincidiendo con la celebración de la misa en sufragio por el alma de doña Carmen, madre del obispo auxiliar monseñor Teodoro León, el retiro se ha reformulado, y la Capilla Real de la Catedral ha acogido una breve charla de monseñor Saiz a los participantes.
Liturgia y escucha
El arzobispo ha iniciado su disertación recordando que la Cuaresma es un tiempo de conversión en el que la Iglesia invita a volver a lo esencial: “A Dios, a la Palabra, a la comunión eclesial y a los pobres”. Por eso, “nadie puede gobernar ni servir en la Iglesia sin antes dejarse convertir. El servicio en una hermandad es, ante todo, una misión espiritual”.
A continuación, ha articulado su conferencia en cuatro puntos: liturgia, escucha, ayuno y comunión, “como un itinerario que purifica la piedad popular y la orienta hacia su plena eclesialidad”.
Sobre la Liturgia ha asegurado que se trata de la “cumbre y fuente de toda la vida de la Iglesia”. En este sentido, ha advertido de los peligros que pueden derivar de separar la devoción de la vida sacramental: “Una hermandad madura cuida la fidelidad litúrgica, la centralidad de la Eucaristía dominical y la integración real en la parroquia y la diócesis, evitando cualquier aislamiento”.
En relación a la escucha ha citado el Mensaje de Cuaresma de este año del papa León XIV. Monseñor Saiz ha explicado que “escuchar significa dejar que Dios corrija nuestras posturas, y también aprender a oír el clamor de los pobres. La escucha, en la Escritura, es el comienzo de la liberación: Dios escucha el sufrimiento de su pueblo y actúa. De igual modo, una Hermandad no puede ser indiferente ante el dolor y la injusticia”
Y ligada a la escucha ha señalado la formación cristiana como una posibilidad de ejercer una paternidad espiritual sobre los hermanos, formando discípulos, acompañando procesos y compartiendo la vida. “No basta organizar actos; es necesario cultivar itinerarios de fe y maduración cristiana”, ha añadido.
Además, ha insistido en que la escucha debe vivirse también dentro de la propia hermandad. En este sentido, pedía que las tensiones internas se superasen con diálogo sincero, discernimiento y caridad.
El ayuno como medicina espiritual


Este año, el Papa propone una forma concreta de ayuno especialmente necesaria: el ayuno de la lengua. “Abstenerse de palabras hirientes, murmuraciones y calumnias. En las hermandades, el mayor peligro no suele ser la falta de recursos, sino la falta de caridad en el lenguaje. La comunión se destruye por la palabra mal usada. Desarmar el lenguaje es un acto de conversión y de paz”.
Don José Ángel ha hecho hincapié en que el ayuno implica también “sobriedad en el estilo de vida y en el modo de presentarse ante la ciudad”. Por eso, la belleza cofrade “es legítima y evangelizadora cuando es humilde y orientada a Dios; se desvirtúa cuando se convierte en ostentación. La austeridad evangélica fortalece la autenticidad cristiana”.
Finalmente, el arzobispo ha recordado que las hermandades son sujetos importantes de piedad popular y tienen fines claros: culto, caridad y sufragio por los difuntos. Pero han de vivir plenamente integradas en la vida parroquial y diocesana, evitando cualquier forma de contraposición o aislamiento. Asimismo, ha invitado a vivir la caridad, no “como un añadido decorativo, sino un fin esencial”, que debe ser constante, discreta y cercana.
Cinco compromisos finales


“Las hermandades son un tesoro”, ha terminado el arzobispo, exhortando a los presentes a custodiarlo ante la sociedad y el mundo. Y leyendo una oración que ha escrito él mismo para esta ocasión y que reproducimos a continuación:
“Señor Jesucristo, que llamas a tu Iglesia a la conversión del corazón, haznos dóciles a tu Palabra y firmes en la fe.
Purifica nuestras Hermandades de toda vanidad, división o aislamiento, y concédenos vivir en comunión con nuestros pastores, cuidando la Liturgia como cumbre y fuente, y haciendo de la caridad un sello inconfundible del Evangelio.
Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, tú que nos conduces a Cristo y guardas su Palabra, enséñanos a escuchar, a ayunar de lo que divide y a servir con humildad a los pobres y a los que sufren. Amén”.












