La infancia y juventud de Joaquina de Vedruna (16 de abril de 1783 – 28 de agosto de 1854), en Barcelona, salvando las distancias de todo tipo, fue la que quisiéramos para todos los niños y niñas de hoy, que estuvieran arropados por el amor, con las necesidades de crecimiento armónico bien cubiertas, con la asimilación de valores humanos y, en su caso, específicamente abiertos a la dimensión trascendente de la fe cristiana.
El 24 de marzo de 1799, se casó en Barcelona con Teodoro de Mas, natural de Vic (Barcelona), heredero de una importante hacienda. Su vida matrimonial en una íntima y persistente unión de la pareja, en un ejercicio sobre abundante de maternidad fecunda presidida por la ternura y una gran pedagogía, sin ahorrar sacrificios.
Su viudez, a los 33 años y con 6 de los 9 hijos que tuvo, se halló cargada de penalidades económicas, inmersa en la educación de los hijos, y con un proyecto de futuro. Y es que la vida, cuando tiene proyecto, tiene futuro. No le fueron ahorradas las dificultades derivadas de la realidad política del momento, sufriendo la misma suerte de tantos otros ayer y hoy.
Su consagración incondicional a Dios en la vida religiosa con la aventura y riesgo de formar un grupo nuevo, desde la pequeñez y la humildad, al servicio de pobres y olvidados: las HH Carmelitas de la Caridad fundada el 26 de febrero de 1826.
Su servicio activo y expansivo iba de la mano de un mundo interior que sosegaba todas las dificultades y obstáculos vinieran de dónde vinieran y la mantenía viva para compartir estas luchas. Compartir, palabra clave que consolidó formando nuevas comunidades fraternas. Anhelaba que sus miembros se mantuvieran disponibles, alegres, recios en las luchas y gozosos en los logros.
Supo afrontar la decadencia de los años y la salud con naturalidad y aceptación agradecida, que es mucho más que un simple conformismo.
De Joaquina de Vedruna puede decirse que fue “experta en humanidad”. Es una capacidad que se alcanza viviendo y a lo largo de los años; el aprendizaje requiere mucha atención, interiorización y entrenamiento. Como todos los humanos, Joaquina tuvo cualidades y defectos, pero fue construyendo con la ayuda de los demás, su esfuerzo y, como ella dice, “con la gracia de Dios”, mujer creyente como era, una personalidad íntegra e integrada. Joaquina fue al encuentro de las periferias existenciales de su época, desde el único centro que las abraza a todas, Jesucristo, el “buen Jesús”, como ella lo llamaba.
Como hija de su tiempo, con todas las cortapisas y limitaciones propias de una sociedad e Iglesia que situaba a la mujer muy por debajo de su dignidad, supo mostrar con hechos y, excepcionalmente, con palabras toda la cualidad femenina hecha de autoridad, ternura y convicción. Por ello el testimonio de Joaquina de Vedruna sigue siendo válido y actual.
Las hijas de Joaquina llegamos a la ciudad de Sevilla el año 1880, de la mano de la hermana Paula Delpuig, la primera superiora general después de Joaquina. En 1884, se inauguró el Colegio de San Joaquín, en la calle de Bustos Tavera. Con el paso de los años, este colegio se trasladó a la calle Espinosa y Cárcel. En la actualidad lleva el nombre de Colegio Santa Joaquina de Vedruna. En 1895, un nuevo colegio en la calle Pozo: “Colegio de la Sagrada Familia”, en pleno barrio de la Macarena. En 1973, una comunidad se instala en la barriada de Polígono Norte y, posteriormente, en el año 1997, otra en el Polígono Sur, siempre con el deseo de hacer realidad el deseo de Joaquina, para “mayor gloria de Dios y bien del prójimo”.
Mari C. Rodríguez Ramos, carmelita de la Caridad Vedruna



